2007/05/31

Apuntes para la coexistencia cultural (y II)



Ofreciendo disculpas por la pausa que caracterizó a este espacio durante los últimos días, retomo y comento algunas ideas que se manejaron durante el seminario “Coexistencia cultural, posibilidad y límites”, y la sesión del sociólogo Tulio Hernández llamada “Derechos culturales: memoria sanadora y memoria resentida”.

En este momento, en nuestro país, ahora más que nunca se evidencia la absoluta necesidad de entendimiento común así como la posibilidad de construir la convivencia y coexistencia en el marco de una democracia cultural verdadera, alejada de consignas vacías.

Plantearse la necesidad de reconocer y reconocerse, así como fomentar normas que coadyuven a la tolerancia, al reconocimiento de las diferencias y a la coexistencia, entre otras… es una tarea que ya no podemos postergar y que bien que nos hace falta.

La diversidad, para el sociólogo Tulio Hernández, debe concebirse como

la posibilidad de ampliar el abanico de elecciones para cada individuo inserto en el pluralismo que impulsa mecanismos institucionalizados que garantizan y perpetúan la diversidad y su posibilidad de realizarse singular y colectivamente.


Debe constituirse entonces una gestión democrática de la diversidad, más que el simple reconocimiento o de políticas económicas y urbanas frente a la presencia, deseada o no, del otro.

Mientras que en Europa la diversidad implica el estudio del fenómeno de la inmigración y las políticas culturales apuntan a la coexistencia y el respeto de los derechos culturales de las minorías en el contexto de un mundo globalizado, lo que Tulio llama “aparición de entidades supranacionales”, entender la diversidad en “este lado del charco” exige, en primer término, aproximarnos a la identidad, la libertad cultural, los derechos culturales que de ésta se derivan y por ende, el pluralismo.

¿Cómo entender la coexistencia en nuestros países latinoamericanos si no tenemos conciencia de la identidad y negamos lo que somos? Menudo problema que amerita muchas otras entradas en este y otros muchos blogs, sin duda.

Autores como Darcy Ribeiro y Efraín Subero se han referido a los pueblos latinoamericanos como pueblos sin memoria, culturas transplantadas y hermanos siameses para aclarar nuestros singulares procesos históricos y nuestro comportamiento cultural, en el que sustantivamos las diferencias y poco nos reconocemos como el continente más unido del planeta gracias a la presencia del idioma español, entre otras cosas. Nuestra historia interrumpida, (necio sería negarlo) a partir de 1492, significa una reescritura de una historia en el que no se conservó el precedente: nos tocó escribir sobre el vacío y el olvido.

El profesor Hernández parte de la teoría de Todorov en su Abuso de la memoria para referir dos de las tendencias que pueden determinar la actitud cultural que tienen los pueblos con relación a sí mismos y su historia: la memoria sanadora y la memoria resentida.

La memoria sanadora, según el estudioso, es

la que practican los pueblos que a pesar de haber sufrido procesos dictatoriales, de opresión o crisis institucionales, deciden “perdonar sin olvidar”. Resulta prioritario acortar las diferencias y seguir adelante, generar comisiones de la verdad, promover aproximación al conocimiento del pasado y seguir adelante: superar y continuar sin fingir que nunca pasó.

La memoria resentida, por otra parte, es aquella producto de la visión de víctima y minusvalía por hechos sucedidos. A partir de esta condición se valida el resentimiento y se erige la venganza como sanción urgente y obligante:

Hay que devolverle al golpe a quien asestó primero y “satanizar” al contrario sin olvidar, aunque se viva y reviva un presente continuo que no puede superarse, como el que simboliza Funes, el funesto memorioso que bien retrató Borges en sus Ficciones.

Para Hernández las constituciones de Latinoamérica son de las más importantes en cuanto a alcances personales y colectivos en el mundo. Sin embargo, dista el texto de aportes culturales reales. Con cada designación y reconocimiento del otro, paradójicamente en vez de integrarnos, nos atomizamos y distanciamos sin remedio.

Con cada consigna separatista, dudo que nos sintamos reflejados y mucho menos creo que nos veamos como somos.

Son esos momentos donde hacen falta mucho más que enunciados para tapar el sol con un dedo. Y todavía hay quien duda del poder que encierran las palabras. Nuestro imaginario adquiere y desecha términos que definen y buscan trascender la imagen para convertirse en “realidades” que prefiguran cada vez más lejana la posibilidad de reconocernos.

La diferencia estriba en las intenciones, condición sine qua non en todo proceso de enunciación de mensajes. Y en estos días compruebo, con tristeza, como el lenguaje en estos momentos, lejos de aproximarnos, se ha convertido en dagas filosas en boca de quienes se asumen como garantes de la verdad.