2008/08/27

El speech de José Tomás Angola a propósito de Crónicas del rock fabricado acá


Buenas noches. Antes que nada tengo que confesar una verdad que posiblemente no mucha gente sepa. Aunque las cédulas digan lo contrario, aunque las partidas de nacimiento desmientan lo que afirmaré, debo reconocer que yo soy mayor que Félix Allueva. Y mucho mayor en realidad. Esta aseveración que es más seria de lo que la fatuidad podría suponer nos permitirá entender muchas de las cosas que comentaré en los próximos minutos. En estos días incluso he llegado a creer que Félix es menor que su propia hija recién nacida. Lo noto sobre todo cuando él le habla en su lengua incomprensible de los infantes y la bebé le contesta como si en realidad ella fuera su madre y lo regaña y termina reconviniéndolo para ver si Félix se logra enderezar.

Quien haya conocido a este Peter Pan calvo podrá estar de acuerdo con lo que sostengo. Y es que no podría ser de otra manera. Para vivir y perdurar en la música, llámese rock o pop, se debe intentar un ejercicio de eternidad que pocos estamos dispuestos a hacer. Yo al menos no pude. Lo atestiguan mi barba canosa y los CD's que escucho. Ya el hecho de que sean CD's y no iPod o MP3 son demostración del asunto. Mientras yo ando con Mozart, Beethoven y Debussy, atreviéndome hasta el pecado venial de escuchar Oscar Peterson, Bill Evans o Keith Jarret, Félix escucha grupos de nombre y música impronunciables y con historias que alcanzan si acaso el cuarto de hora. No hay remedio yo soy un anciano de 80 y Félix debe rondar los 29. Por supuesto no me atrevo a decir que tiene los treinta porque como sostuviera Pete Townshend, miembro de The Who hace un quintal de años, ningún roquero puede tener treinta años. En el caso del inglés él mismo confesó que moriría cuando los cumpliera porque entonces sería un viejo y ya no podría hacer más rock and roll. Dado que Townshend debe ser ahora el veinteañero más arrugado de la historia, supongo yo que Félix será el segundo en esa lista, estacionado por siempre y eternamente también en los 29 años. Amén.

Hubiese sido imposible escribir un libro como el que estamos presentando hoy si su autor no fuera un muchacho. Y no hablo con esto de madurez sino de esa extraña capacidad que tiene la juventud para percibir y comprender el mundo que les rodea desde una óptica tan clarificada como potente. Será por esa intensidad que la frontera entre el ruido y la melodía se les estrecha tanto. Será por eso que yo, anciano confeso, no tengo la capacidad para descifrar los nuevos caminos de la música y miró con ojos de vaca a Félix cuando me pone temas de bandas insólitas y me habla de ellos con una profundidad y complejidad cuando a mí lo que me parece que hacen es una bulla terrible.

Crónicas del rock fabricado acá es lo que su título promete: Una Crónica, y en ese género pueden jugar tanto las fuentes documentales como las percepciones subjetivas. No es que lo que se narre en el libro no haya ocurrido tal y cómo Félix lo testimonia, sino que en el rock nada es como parece. Así usted podrá escuchar la descripción de un concierto por dos personas que lo presenciaron, incluso una al lado de la otra, y es posible que ninguno de los cuentos concuerde. Esa es la magia del rock que opera de una forma del oído hacia fuera y de otra del oído para adentro.

Fue titánico acometer esta tarea de recopilación de memorias. Me consta porque llevo años viendo a Félix reunir materiales, recortes de prensa, discos, afiches, tesis de grado, programas de mano y aún fotografías y boletos de entrada de eventos realizados. En un momento aquello me pareció de lo más afortunado y oportuno. Lo que pasaba es que a mí me daba por divorciarme cada rato y terminaba sin saber qué hacer con ese papelero y las grabaciones que iba coleccionando. Cada cierto tiempo llamaba a mi recogedor personal de desperdicios y allí estaba Félix quedándose con todo y guardando cosas que de otra forma habría tenido que cargar de casa en casa o quizá habrían terminado en una indolente papelera.

También resulta arriesgado entrarle a recomponer la historia del rock venezolano por la sencilla razón de que muchos de los protagonistas andan todavía por ahí y son panas y tienen ahora hijos y nietos y uno por muy científico y profesional que sea tampoco quiere echarles una vaina y contar anécdotas que los pondrían en situaciones comprometidas. También es riesgoso por el problema de que más de uno de estos protagonistas terminará entornando las cejas, mirando a Félix con cara de superioridad y soltándole aquella lapidaria expresión de: "Eso no pasó así, mi brother". Sin embargo alguien debía ser el primero. Aunque hubo tentativas anteriores por firmar un libro así, debemos hacer mención de los trabajos de Gregorio Montiel Cupello por ejemplo, nadie se había lanzado a escribir un texto de 300 páginas, con material fotográfico inédito y cronologías extensas de grabaciones y conciertos. En este punto hay que destacar los esfuerzos organizadores de gente como Felipe Doffini y Héctor Riazuelo. Mucho del trabajo de ellos logra alcanzar la posteridad gracias a la sistematización que obtienen en este libro.

Si bien Félix proviene de una formación de academia (para quienes no lo sepan Allueva es Trabajador Social graduado en la UCV y con postgrado en Psicología Social porque eso de quedarse sólo como trabajador social era muy fú, expresión que no es mía sino de los sociólogos de la época que veían con asco a los trabajadores sociales), la aproximación que logra al fenómeno del rock en Venezuela está libre de ampulosas citas, metodológicas pedancias o indescifrables jerigonzas de análisis antropológico. Es decir no se parece a esos libritos insufribles que escribieran gente como Luis Britto García allá en los setenta y ochenta, y que convertían una cosa tan sabrosa como el rock en el hecho más pavoso y aburrido de la existencia. Aprovechando que yo mismo me puse esta bombita con Luis Britto utilizo el instante para sacarme un clavo, comprobado tras el posterior comportamiento político de Britto García: "¿Viste Félix? Yo siempre te lo dije y tú no me creíste, Britto García en su vida oyó a los Rolling Stones o a los Beatles. A él lo único que le gustó siempre fue la cursilería esa de la trova cubana".

Crónicas del Rock fabricado acá tiene la osadía de meterse hasta en acontecimientos que aún están ocurriendo. Y es que en la historia contar algo que tan sólo pasó hace diez años es contar lo que pasó ayer. Este texto era exactamente lo que hacía falta para terminar de sacarse ese prejuicio que dice que el rock no es más que expresión revoltosa de muchacho. Eso quizá fue cierto en los albores, cuando nadie sospechaba en la industria en la que se convertiría, cuando nadie imaginaba que aquellas guitarras y baterías lograrían impactar toda nuestra vida, y la literatura, y el cine, y el teatro, y la plástica y la manera como entendemos la existencia e incluso la forma como nos relacionamos y hasta como morimos. No exagero. El rock pasó de ser contracultura para volverse cultura y sin embargo, aunque los trasnochados marxistas le digan a eso aburguesamiento, el rock sigue manteniendo su capacidad crítica y contestataria. Es más, tan inmenso se hizo que el término se abrió y ahora se le endilga a lo folklórico, y a lo caribeño, a lo clásico y a lo vanguardista. Ya entienden por qué en un momento determinado de mi ancianidad prematura boté tierrita y no jugué más. Cuando dejé de diferenciar lo que hacía Nine inch nails de lo que cantaba Calle 13 entendí que me había perdido en algún lugar. Por eso se agradece que todavía ande por ahí Félix Allueva con sus veintinueve añitos, para recordarnos por ejemplo que en América Latina el movimiento sicodélico más rico e intenso que hubo en la música no se dio ni en Argentina ni en México, sino en Venezuela. Para refrescarnos que una banda como Ladies WC a finales de los sesenta estaba haciendo música más ruda y sólida que muchos de los que se trepaban en lo más alto de las carteleras discográficas mundiales de entonces. Para explicarnos la potencia que tenían los músicos venezolanos que eran capaces de reinventarse, como lo hicieron Los Impalas, que tras una carrera estable y lógica se atrevieron a hacer un álbum como Syndrome que está tenido como de las joyas más preciadas para muchos coleccionistas del mundo. O para subrayar el nombre de creadores como Vytas Brenner que andaba por las nubes, cerca de Dios, mientras los demás en el planeta estaban por empezar a bailar una cosa tan fea como el disco music.

Este libro está lleno de nombres que quizá a muchos no le digan nada pero que silenciosamente contribuyeron para que los más jóvenes pudieran hoy vivir de lo que componen y tocan. No tengo ganas de ponerme sentimental así que no hablaré de los que no pudieron acompañarnos porque el calendario les jugó la tramposería de llevárselos antes de tiempo. Ustedes saben quiénes son y ellos también lo saben y donde estén seguro se felicitan por lo que hicieron, aunque quizá alguno también levante la ceja y diga: "Pero eso no pasó así, mi brother".

Sólo quisiera recordar, si me lo permiten, una persona ausente que fue muy responsable de lo que pasa hoy. El grande y querido Luis Alberto Feaugas, cómplice de muchas locuras que inventamos allá en los ochenta y en los tempranos noventa. Además incitador máximo para que Félix pudiera publicar la primera parte de este libro en Mérida, en una versión que sólo alcanzaba la época de los sesenta.

Ya estoy hablando mucho. Y para no terminar con una nota melancólica voy a hacer una salida dramática, muy en la onda que vivimos. Ya tenemos un libro que recopila lo que ha sido el rock venezolano hasta tan sólo ayer, y por lo ahí escrito entendemos que en una época de represión las bandas y los músicos tuvieron las gónadas de decir lo que pensaban y sentían, y resolvieron ir contra el sistema que a su manera los oprimía. Desafiaron convenciones, pelearon contra guardias nacionales para que no los raparan, protestaron por guerras que ocurrían a miles de kilómetros, se atrevieron a experimentar con lo prohibido y se inventaron un mundo que muchos en esa época no les respetaron. Me pregunto entonces ¿en qué andarán las bandas y los grupos de hoy? ¿Estarán tan conectados con su realidad como los de antes con la suya? ¿Serán tan desafiantes como para no dejarse pisar y reclamar la injusticia e inventarse su propio mundo? ¿O estarán ciegos, sordos y mudos ante lo que pasa a su alrededor y serán puro sampler, ritmo y distorsión? Si los roqueros de antes peleaban por la libertad y por la paz, ¿por qué estarán luchando los de ahora? No me hagan caso, ya lo dije al principio, yo soy un viejo necio que se quedó hace rato en el aparato y a fin de cuentas esa historia le corresponde a otro libro por escribir.

Larga vida al rock and roll venezolano y Félix, por favor, no se te ocurra la pendejada esa de cumplir los treinta. Gracias.

2 comentarios:

J. L. Maldonado dijo...

Saludos Dak, tengo entendido que el miércoles 10/9 asistirá Félix a la radio para grabar un programa especial con motivo de su libro. Viene con otro productor que va más por el lado de la música pero vale igual. Tú vendrás? Saludos..

Dakmar Hernández (de A.) dijo...

Hola Jason!!
Cónchole no creo... bueno, pero igual estamos pendiente para ir con Fedosy! =)
Un beso y saludos!!