2009/02/09

Crónica paisa para un concierto inolvidable: El Salmón pasó por Colombia

Medegin tonic*


Luego de una larga espera, el argentino Andrés Calamaro finalmente llegó a Colombia para presentarse por primera vez en medio de su gira La Lengua Popular. Entre gritos compartidos, euforia, alcohol y algunas fallas de sonido, Medellín, paisas y fans visitantes nos rendimos durante más de dos horas ante la menuda presencia de El Salmón


Crónica anunciada
Noviembre de 1991. En la urbanización caraqueña de El Cafetal los espacios del autocine albergan a miles de personas que asisten diariamente a la convocatoria del Primer Festival de Rock Iberoamericano Rock Music 1991. Entre los artistas figuran Os Paralamas do Sucesso, Fito Páez, Soda Stereo, Los Lobos, Los Prisioneros, Sentimiento Muerto, Zapato 3, Seguridad Nacional, Desorden Público, Patricia Sosa y Los Rodríguez. Cinco días de buena música, de momentos emblemáticos y últimas apariciones para algunos artistas, fiestas memorables y la promesa de una segunda edición que a pesar de los anuncios y las ganas, jamás llegó a realizarse.
Agosto de 2008. Caracas prefigura como destino del tour La lengua popular que Andrés Calamaro realiza desde marzo y que incluye destinos como México, Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Paraguay, Chile y Argentina. Como si de historias envueltas en mitos se tratara, una supuesta guerra entre productoras locales, exigencias caprichosas del cantante y sobreprecios en la larga cadena de negociación que supone la venida del artista a nuestro país echa por tierra las ilusiones de quienes esperábamos ver al Salmón en Caracas 18 años después. Casi de inmediato, Cali sustituye a Caracas en la pizarra 2.0 del tour publicado en el blog de la Lengua popular.
Concierto paisa
De las tres ciudades —Bogotá, Cali y Medellín— que visita Calamaro en Colombia, esta última parece el lugar más seguro ante los embates de una tormenta tropical que amenaza a los recitales y que a última hora cambia sorpresivamente de curso. La Plaza de Toros de La Macarena cuenta —además del techo— con un atractivo especial para los fans: la posibilidad de ver de cerca al cantante, los músicos de la banda y las proyecciones sin necesidad de sufrir las distancias de conciertos multitudinarios con vistas a escala y sonidos en repetidores.
Medellín es fascinante. Un día antes planeamos patear a velocidad de la luz los espacios emblemáticos que podamos durante la visita relámpago. Dos días para conocer a una ciudad que despertó de la violencia, se reinventó, engalanó y sueña con mejores horizontes, lejos de la pesadilla de Pablo Escobar, la guerrilla, la droga y los desaparecidos. Será difícil conseguir franelas del Capo para mis amigos Daniel y Oscar. Resulta una ofensa banalizar hechos cuando la memoria aún está a flor de piel, así que abandono mi búsqueda de fetiches para los panas cuando mis preguntas comienzan a levantar sospechas.
Nuestros anfitriones nos hablan sobre política, nuestra plaza vernácula dedicada fronteras adentro al ex líder de las FARC, los comentarios ligeros del presidente, las fotos de Piedad Córdoba echando un pie en el Maní es así. Preferimos hablar de la ciudad, lo hermosa que nos ha parecido la gente, todo este extreme makeover que viven los paisas y lo bien que nos vendría un cambio así en Venezuela. Aún faltan más de doce horas para el concierto y desde el metro puede verse a la gente haciendo cola frente a la plaza de toros, tiendas que se levantan desde la noche anterior, pancartas, banderas y telas con el rostro impreso de Andrés en su faceta de Alta suciedad y con los infaltables Ray-Ban. En la minúscula sala de un hotel capitalino donde se realiza la súper íntima rueda de prensa con el cantante, los periodistas y curiosos prefieren abrazar a Andrés y tomarse fotos con él antes que hacerle preguntas. Lágrimas, nervios, palabras de cariño y admiración. Nada que envidiarle a una rueda de prensa criolla con Juanes, pienso.
El micrófono contra el piso
Aquello de “camisetas para todos” se cumple al pie de la letra. Sigo pensando en mis amigos caraqueños y compro tardíamente un par de brazaletes para Cynthia y Carina como premio de consolación ante una cita que no pudo ser y que prometemos exorcizar en colectivo durante la gira latinoamericana de Radiohead a mediados de 2009. Falta poco para que se complete el aforo de diez mil personas que gritarán a todo pulmón las canciones de Andrés. Hay una tela inmensa que adorna una de las gradas y que reza “La espera terminó”. Muchos de los asistentes comen y beben, algunos cantan, ensayan, se toman fotos y en cuestión de media hora ya nos han entrevistado un par de veces. “Soy una caraqueña fanática” espeto gritando con todo lo que mi adrenalina puede ofrecerle al micrófono, perdido para siempre mi temor al ridículo o al qué dirán.
La gira de Calamaro no contempla la participación de teloneros. Los gritos se acentúan, comienza a revolverse la tierra del ruedo, algunos recipientes vacíos caen al suelo. La tarima expele humo y bajan las luces. Estoy sorda y temo que una botella proveniente de las gradas termine con mi aventura y me parta la cabeza. Un hombre pequeñito, totalmente vestido de negro y con Ray-Ban aparece en el proscenio, incrementando los gritos. El Salmón llegó a Medellín.
Diez mil personas empezamos a corear “El Salmón” y Andrés no nos sigue. Visiblemente molesto, el cantante hace señas, tira la guitarra al piso, lanza el micrófono, patea el paral. Mi esposo aprovecha mi nano-parálisis para explicarme las fallas técnicas, de seguridad y de producción. Ahora siento un vacío en el estómago: no hay sonido, esto está mal. Hasta la segunda estrofa no escuchamos nada y faltarán un par de canciones para que Calamaro se reponga del mal trago inicial, sonría y comience a repetir una y otra vez “Gracias infinitas, Medellín”. Por un segundo pienso en todos los trámites que tuve que atravesar para poder estar allí y soportar ese sonido amplificado de la batería, el bajo latiéndome en el pecho y la molestia de tener que ver a uno de mis artistas favoritos en el mundo mundial en el lugar menos indicado para realizar un concierto. Decido de inmediato dejar de ver los toros desde la barrera: con renovado espíritu adolescente arrastro a mi pareja, me acerco todo lo que puedo al escenario, canto a todo pulmón y disfruto cada segundo los empujones, los gritos y la pasión-paisa que amenaza con lanzarse desde las gradas, corea desde el baño y la barra y entre cada canción toma fotos, integra olas y grita, grita mucho.
A los ojos
“Alta suciedad”, “Flaca”, casi todos los temas de Lengua popular y El regreso, “A los ojos”, “Sin documentos”, “Estadio Azteca”, “Crucifícame”, “Asuntos pendientes”, “Canal 69” y un segmento dedicado a Tinta roja. Sé que lo más difícil es reconstruir el set list, compuesto por unas treinta canciones, aproximadamente. Un recorrido por temas emblemáticos, temas queridos, singulares y poco conocidos que aunque nunca se apoyaron con videos o difusión, figuran como favoritas en sus presentaciones, como “Los aviones” o la más reciente versión de “Loco” que recoge el DVD de su presentación junto a Fito y Los Fitipaldis en España. El sonido, con leves mejoras, termina postrado a la necesidad de volumen que demanda la presencia de tanta gente y hacia el final del concierto todos los instrumentos saturan la voz débil de Calamaro frente a tanto grito y ruido hermético. Ya han pasado más de dos horas y el ánimo, lejos de disiparse, amenaza con llegar a la catarsis. Tras una breve despedida, Calamaro decide volver y regala tres temas de Los Rodríguez con los que sella la cita. Más gritos y Andrés se lleva las manos al pecho, ofrece el corazón y estira los brazos, queriendo meter a toda La Macarena y fundirse con nosotros en un abrazo, lágrimas, botellas, franelas y sonrisas incluidas.
Los videos se suben de inmediato a Internet, Andrés deja sus impresiones en el blog y se marcha a Cali. Mi esposito se encarga de decirle a todo el mundo que el concierto fue una mierda, mientras que yo lavo con cuidado mi franelita de El Salmón, escucho algunas canciones y releo algunas reseñas de la prensa local. Recuerdo sonreída cuando entramos a la Plaza y le pedí a la chica de seguridad que cortara con cuidado mi entrada, que no la arrugara, plis.
Allí estuve. Imborrable.


*Publicado en Ladosis, Enero-Febrero, 2009.
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