2011/02/03

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Las pausas son necesarias, como no. Ante un cambio de dirección, se impone al menos largar una exhalación antes de continuar. Me gusta sentir que los cambios no son necesarios, sino bienvenidos. Vivir enrumbada hacia los cuarenta años me ha cambiado taaaanto (para bien y para mal) que a veces hasta se me olvida que no falta nada para empezar a reírme de forma cómplice cercana -y no aproximada- de los chistes de Maitena. Sí, me encanta Maitena, como igualmente me gusta Vogue, Cosmopolitan y Qué Leer en su versión online (o con los trescientos meses de mora en el kiosco de la esquina). 
Tengo casi cuarenta y me entusiasma y aterroriza. Sobre todo me asusta cuando alguien me pide consejos, yo que he aprendido en más de una ocasión a punta de golpes y porrazos; que no soy ninguna autoridad en asuntos divinos o mundanos, o que me descubro diciendo cosas que nunca apliqué a mí misma ( que descubrí bien tarde, como Julián en Rojo y Negro); o dictaminando como una jueza mayamera en televisión, como si de eso se tratara la cosa, de unos errores estandarizados cuyos finales conoces y que te dan las pistas para reconocer los guiones aún en pleno desarrollo.
Ajá, la sorpresa. Descubrir que hay gente y situaciones que no te shockean es un buen síntoma para mí y mis casi cuarenta. Que más de las veces el escaneo pase del prejuicio al terreno de la aceptación, por ejemplo, es uno de esos gadgets chéveres que le agradezco a la edad, a esa literatura vital que cuenta más allá de las letras y los libros.
Confieso que me fascina  atestiguar las formas absolutamente alucinantes que tiene la vida para desarrollar los argumentos, para resolver las historias, para repartir sin piedad los "merecidos"; para premiar, enseñar, empujar, aplastar o impulsar a los héroes o antagonistas, según sea el caso. Wow, hay historias tan redonditas en la vida real, que las impresas se quedan frías. Hay castigos tan ejemplares que ni en mis fantasías más rebuscadas podían haber funcionado mejor. 
En fin, que tengo casi cuarenta y a algunas de mis amigas les preocupa que ande pregonando que llegué a la edad de tomar Calcibón (sin hacerlo) o que ame con pasión al chocolate y el Merlot. 
Me acerco a los cuarenta y me he vuelto más activa-workaholic que nunca. Si mi flaco lee esto añadirá "Ajá y su actividad favorita es dormir" ¡Por supuesto! Dormir se volvió un placer inusual en mi existencia, un bien absolutamente considerado para la cura de la fatiga, de los bajones, los días lluviosos y de mis resfriados frecuentes. ¿Ven que puedo ser perfectamente un strip de Maitena?
Me acerco peligrosamente a los cuarenta y ni siquiera me siento una señora que deba comprar cremas antiarrugas. ¿De eso se trata la crisis de la edad madura?
  


2 comentarios:

Carledonia dijo...

Muy bueno, bella durmiente. Clichés/mantras favoritos: "Los 40 son los nuevos 30". "La edad es mental". I know what Im talking about. Tú concéntrate en Monica Bellucci y esos modelos a seguir. ;)

Dakmar Hernández dijo...

Te amo, Bombón!