2007/01/22

Regaetón, sexo y violencia

Una de mis lecturas dominicales sabrositas, de media mañana, con luz natural, motiva este post. Aunque el tema no resulta agradable, no me considero cómplice silenciosa.

Desde el descubrimiento de la banda que cometía crímenes sexuales contra niños y adolescentes en algunas ciudades del país, el ámbito docente y el peso de la familia versus estímulos negativos y antivalores vuelve a la palestra, se redimensiona, adquiere matices y se contextualiza.
Ayer, en medio del maremagnum de periódicos y revistas me topé con el artículo de Vanessa Davies sobre sexualidad infantil y juvenil. De la serie de reportajes, confieso, leí sólo tres, dada mi surrealista carga de trabajo. Sin embargo, como mami y docente, como ciudadana, como persona, por supuesto que el tema no me resulta indiferente.

Al tocar estos temas tabuizados resulta conmovedora la ingenuidad de algunas personas y por otro lado, crispa hasta la nuca las demostraciones de arraigada ignorancia y prejuicios de no pocos. Como si de una máquina del tiempo se tratara, he escuchado y leído opiniones dignas de positivistas, protofachos y chauvinistas que podrían cometer genocidio, arrasar con indios, homosexuales, pobres: Mendel, sacúdete en tu cripta...

Recuerdo una memorable conversación-caminata con una de mis amiguis queridas que decidó apostar por el exilio. A pesar de haber nacido en aquella ciudad, saltando el charco, algunos coterráneos jamás de los jamases dejarán de tratarla como una sudaca. Lo mejor es que ella se vacila todo el asunto y cada dia crece más como persona y ser humano, con una piel que no permea el desencanto. No obstante, aquella amarga narración terminó en un ataque de risa incontenible: Anita me contaba como un chico, adicto de larga data a la droga, (a escondidas de sus padres, por supuesto) mantenido por varias mujeres, padre irresponsable, dependiente del paro, se quejaba de los inmigrantes que llegaban al reino a robarle los puestos de trabajo a los peninsulares, que la culpa de todo la tenían los demás y un largo bla bla bla, aderezado con un lenguaje monárquico, racista y acomplejado digno de la más reciente edición de Quihubo. Ja ja ja.

Por eso, decía que Vanessa recoge algunas impresiones sobre el proyecto de aula que adelantan algunos colegios para desmontar el metamensaje del regaetón, sustituirlo, convertirlo en estrategia para mejorar la calidad de vida de nuestros adolescentes e invalidar los mensajes subjetivos y denigrantes de la condición sexual, identificar lo que su mensaje les advierte, las conductas y estereotipos que fomenta y finalmente les brinda la oportunidad de decidir sobre su sexualidad.

Ojo, no me considero defensora del regaetón. Además de la interminable secuencia de sonidos, el lenguaje me resulta incomprensible y me lleva hasta el más profundo hastío el bling bling y la recurrencia a carros tuneados y las chicas semi-desnudas reducidas a catálogo anatómico improbable, a festín orgiástico. Tampoco me agrada ver a las nenitas simulando ser una de esas muñecas horrorosas artificialísimas catiras-morenas y pelirrojas llenas de silicona y adminículos que se agotan en las compras decembrinas, mientras que a los chiquitos le mojan los labios con cerveza o les enseñan groserías y a comportarse como unos patanes con primas o hermanitas. Sin embargo, esta discusión va más allá de cerrar los ojos o caer en el complejo de Susanita, la archiconocida amiguita de Mafalda que comparaba el periódico sólo para reafirmar su dignidad frente a la miseria de los demás. No hay catálogo ni manuales, pero sí información y comprensión al respecto.

Saber escuchar, Información, comunicación, cariño, confianza. Creo que esas son las herramientas básicas para generar seguridad y fortaleza en nuestros hijos. Más allá de convertir al sexo en un tema tabú, resulta imprescindible acercarnos a una población de consumidores y usuarios con un mercado que puede ofrecerle de todo: sexo, drogas, dinero fácil, robo; que el abuso no tiene color de piel y mucho menos depende del bolsillo o la zona en la que se resida, como si del siglo XIX estuviéramos hablando. Lo único que podemos diferenciar con claridad es que estas desviaciones responden casi siempre a una relación asimétrica entre adultos psicóticos y niños. Y aunque insistan en señalar a los padres y niñas o niños como culpables de ser objeto de abuso, pareciera que es imposible separar el hecho de que aunque se vea mayorcito o mayorcita, sigue siendo un niño manipulado y sometido por alguien mayor que él. O sea, aunque nos empeñemos en ver esto como un mal menor o ajeno, la mujer u hombre objeto de violencia y los niños y niñas víctimas de abuso no son culpables, son víctimas.
Personalmente apoyo iniciativas como las que adelantan estos colegios. Antes de cerrar los ojos o señalar a los demás, es preferible colaborar en la solución que trascienda el espacio doméstico, apunte a lo colectivo y reconozca la realidad; la enfrente, supere y aproveche, en vez de darle la espalda.