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2020/10/23

La señora de la Generación Halley y La Guerra de Mini-t-ks


 
¡Al que me venga a decir lunática, le doy un rodillazo en las bolas!, gritó Ana, con los puños cerrados. No hubo respuesta a su amenaza, pues hablábamos del cielo y las estrellas entre nosotras y no creo que alguno de los "compañeritos" que jugaban o se empujaban en el ruidoso patio nos haya escuchado. Faltaban pocas horas para el paso del Cometa Halley, ese suceso inolvidable para quienes tuvimos la oportunidad de verlo -en 1986- y especialmente para mi madre, pues esa tarde me corté todo el cabello sin su permiso y agarró una de las arrecheras más memorables de su vida.

Yo era de las grandes del colegio, la solista de los actos escolares y la persona menos popular en cuanto a físico se refería. Mi desarrollo fue tardío, usaba unos lentes absurdamente gruesos, "no tenía carne ni para una empanada" y ahora, para colmo de males, me había despojado de manera autodestructiva de mi maravillosa melena colmada de rulos que tornaban en rojo ante el menor contacto con el Sol. Ya no escuchaba a Menudo (me tocaría volver a ellos con mi hermanita menor sobre los hombros) y prefería, entre otras cosas,  el "rock venezolano" que compartía con Alejandra, Maleja, mi mejor amiga. Era insegura, inteligente, lectora voraz y rebelde hasta el desconcierto. Tenía 12 años y era insoportable.


The Trop*, Sandy Lane, Farenheit, Betelgeuse
y New Way eran algunas de las minitecas más famosas en Caracas. Cada una funcionaba como un soundsystem móvil y para quienes no teníamos edad para entrar a las discotecas, aquello era la expresión del cielo en la tierra. A pesar del control férreo de mi mamá, pude ir a un par de matinés en los que había minitecas y cuando cumplí mis 15 años, parte de ese "pase de la adultez" fue poder asistir a una súper fiesta donde conocí a un muchacho guapísimo que hasta me besó. 

En los años 80, Venezuela contaba con una sólida estructura de difusión de su talento local. Franco de Vita, Rudy La Scala, Yordano, Adrenalina Caribe, Marlene, Melissa, Ricardo Montaner, Pablo Manavello, Frank Quintero, Guillermo Dávila y Karina eran parte de una gran movida pop que atacaba con igual fuerza la radio y la televisión. Justo para sellar el paso del cometa, se estrenó en Venezuela la película Generación Halley, una especie de extenso videoclip o Video Music Art producido por Sono Rodven y que contaba con la participación de nuestra reina de rock endógena, Melissa. Con ella cantamos a Annie Lennox versión caribeña, hablamos de relaciones que se quedaban en moteles que no conocíamos y formamos parte de una especie en extinción. Todavía faltaba un poquito para que saltaran del underground el trío súper poderoso del rock nacional: Zapato 3, Desorden Público y Sentimiento Muerto. Eso, sería otra historia.

Inspirada en una miniteca de nombre Halley Generation, el soundsystem outsider de un grupo de residentes de Parque Central, ese enorme complejo que fue bello y modernísimo alguna vez, se reflejó ese momento tan particular de una parte de la sociedad venezolana absolutamente alejada del Viernes Negro, concentrada en ir a la playa, cantar canciones alrededor de la fogata, enfrentarse a los Punks e ir a conciertos en el Poliedro. El intento de representar la "realidad" no escapó a los clichés del país productor de telenovelas: El embarazo precoz, las drogas, la muerte prematura de una madre, la búsqueda del amor adolescente. En el campo de la fonética, este es un documento invaluable para atisbar a nuestros registros, "aunque nunca lleguen lejos estos pavitos, con ese rock, ese tuqui tuqui y la brincadera".

Con Melissa aprendí a cantar que no era una señora. Amaba sus outfits de lycra y cuero, aunque a veces pareciera la versión tropical de Tarzan Boy. Ella era una flaca que amaba su cabello salvaje en un país de misses y mujeres que todavía se planchan el pelo para ir a La Guaira. Aún me conmueven sus letras, como en Me estoy sintiendo sola. La ventiúnica vez que la vi en persona y pude hablar con ella, por supuesto que no me atreví a tomarle una foto ni pedirle un autógrafo. 

*Nombre con que aparece en la película. The Drop en las calles de Caracas. 

2020/10/18

Una casa con cuadros de niños y payasos que lloran

 


Habíamos conversado muy poco cuando decidimos vernos en persona. Ya había sorteado con poca paciencia un raro cuestionario de nueve preguntas que me envió para "conocerme mejor" y de resto, incluso por encima de aquella rara introducción, me hacía reír todo el tiempo. Hasta ese momento, yo solo confiaba en que la risa era una expresión de la inteligencia; muy a lo Bergson.  Aún hoy en día, cuando pienso en la posibilidad de conocer a alguien para el "resto de mi vida", imagino a un gran y sonriente conversador. Llegará un momento en que ya no habrá más sexo, cambiarán los rituales y las formas de compartir el tiempo... Así que solo quedará comunicarse mucho. No obstante, como afirmó Nietzche, no existe el amor sin el conocimiento del otro, y para llegar a eso, creo que aún faltan bastantes sapos que sean honestos consigo mismos y no solamente se dejen besar. 

Pero él no tenía un tema con la sinceridad o con ser auténtico. Era, para ser exacta, brutalmente honesto. Nuestra primera cita fue perfecta y así pasamos, sorprendidos y emocionados, tres meses donde todo fue, simplemente, de ensueño. Por esos días yo editaba a un conferencista, y veía muchísimo Stand Up y Ted Talks. Sin saberlo, nos armamos un plan donde siempre incluíamos ver juntos algún especial y luego lo comentábamos. Estaba realmente interesado en mi trabajo. Yo no podía pedir más, pues él hacía un poco de todo lo que me gustaba: Escribía, tocaba guitarra, amaba el jazz y me regaló una de las playlists más valiosas que atesoro en mi Spotify. 

En casa de mi abuela paterna, una mujer elegantísima que había sido maestra y había viajado a varios lugares del mundo después de jubilarse, había dos cuadros que me inquietaban muchísimo. Es curioso que en su casa reposaran suficientes piezas de arte y yo solo pueda recordar estas dos pinturas: Sobre un fondo negro y lúgubre, asomaba la cara de un payaso manchada de blanco y estaba aderezada con torpes trazos de pintura. Sus ojos, grandes y tristes, desprendían grandes lagrimones. En frente, hacía lo propio una niña rubia, con enormes ojos azules color lágrima, como su vestido. El payaso sonreía. 

Había recibido una invitación para ver a unos amigos y conocer el nuevo material que estaban grabando. Me dio mucha emoción pensar que volvería escribir sobre música, viajar y disfrutar de esa atmósfera increíble que vives solo en un estudio de grabación. Para efectos de la producción y la confidencialidad, solo sería un día, pero se ocuparían de mis traslados; no podía estar más feliz. Sin embargo, la reacción de él ante mi noticia fue absolutamente inesperada. Como un niño amenazado, me miró como si le hubiese lanzado un sartén por la cara; rompió en llanto, se acurrucó como un armadillo y fue imposible de consolar. Cuando traté nuevamente de acercarme (confieso que no sabía que hacer), me miró con ojos aterradores y me pidió -me ordenó, más bien- que me fuera inmediatamente. Era un demonio con ojos ahogados en fuego y yo no me iba a quedar a averiguar si aquello que palpitaba más allá de sus córneas era real. 

Los días pasaron, me cansé de escribirle para ver cómo estaba y de su parte no hubo señal alguna. Fui a la sesión de grabación, me olvidé durante un par de días de todo aquello y luego volví a la ciudad. En mi casa, encontré un ramo extravagante de flores y una nota errática en la que, básicamente, me pedía disculpas. Fruncí el ceño. Algo aquí no está bien, pensé. 

Cuando tenía unos 12 años, ya había leído casi todos los libros de la "biblioteca pública" que estaba en la sala de mi casa. En el cuarto de mi mamá estaba la colección completa de libros eróticos de Salvat, "La sonrisa vertical" y otros con temas de "adultos"; pero esos tenía que sacarlos con mucho cuidado, pues mi mamá era obsesiva con el orden y se daba cuenta de todo. Recientemente, había comprado una serie de pequeñas biografías sobre músicos y contaba con su OK para acceder a ellas. En la portada de uno de estos pequeños libros, aparecía una mujer con un cabello increíble, con el brazo forrado de brazaletes y una sonrisa espléndida. La leí de un tirón. Luego fui a la sala y busqué sus discos. Encontré uno y me senté con los oídos bien pegados a la corneta, con los ojos cerrados. No podía creer que aquella mujer de semblante tan alegre hubiese sido en realidad una artista increíble embutida en un traje de profunda tristeza y además, sufriera una muerte tan espantosa. La adopté desde ese momento con sincero afecto y sus increíbles registros todavía me acompañan cuando me siento sola. 

"No hay que confiar en la gente que sonríe todo el tiempo", me dijo, con ojos muy abiertos. "No hay mayor escudo para un alma miserable que el buen humor", insistió. Estaba despeinado, tembloroso, como si tuviera una resaca. Yo bebía lo suficiente en ese tiempo como para reconocer cuando una persona había pasado la noche anterior abrazado a una botella. Estaba tan hundida en mi propio reflejo que me costaba conectar con los demás. Quizás, él ya me había mostrado que en su infinita humanidad había algo con lo que luchaba debajo de la superficie y yo solo tenía frente a mí un escenario con filtros embellecedores, como una película de los años 50. 

Yo era, de hecho, un filtro embellecido que luchaba por negar su propia cicatriz abierta. Sin embargo, podía leer el dolor en sus ojos. Su sonrisa había desaparecido. Parecía un payaso triste, con los órganos desparramados por la cara aderezada con torpes trazos de pintura. Luego de confesarme que sufría de depresión y otras enfermedades mentales, me advirtió que lo mejor era que no volviera jamás a buscarlo. "Pero yo también sufro de depresión", asomé en el gesto más torpe disfrazado de empatía que pudiera haber usado en mi vida. Este era un paciente que había pedido no ser resucitado. Lo tomé de las manos y le dije que yo estaría allí, si me necesitaba. Que aunque no lo creyera, yo sabía lo que se sentía. 

No, no lo sabía. Y sería así por un tiempo. 

Él me enseñó a identificar a la gente que sufre a partir de su sonrisa, por el sonido de su risa o por la manera sonriente como se retratan a sí mismos. Confeccionó una lista irrefutable de grandes humoristas absolutamente dominados bajo el poder del alcohol y me instruyó acerca de la tristeza que esconden los soberbios, los que se ríen de los defectos de los demás, los que se asumen como portadores de la alegría frente a la pantalla o desde el micrófono de la radio. "Esos son los que están más jodidos. Se reconocen entre ellos porque siempre tienen una copa en la mano", me dijo. Y tenía razón.

No pude evitar recordarlo cuando vi Joker. Esa hubiese sido una película digna de su análisis que habría disfrutado muchísimo. 


2020/10/09

Todos los caminos conducen a Iggy Pop


Ya perdí la cuenta de cuántas veces he provocado miradas de asombro (o incertidumbre) cuando en medio de una discusión acerca del mejor Batman, aprovecho para defender a Christian Bale como uno de los más entrañables exponentes del glam que he visto en el cine. 

La invitación de Velvet Goldmine no podía ser más seductora: "The secret to becoming a star is knowing how to behave like one"; una frase inspirada en el mánager de Bowie (Tony Defries)  y que promocionó al fabuloso filme dirigido por Todd Haynes, en 1998. Desde el título, homónimo del B-Side que formó parte del álbum The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, este Bowiesque Glam Rock Show nació sin la participación de su protagonista devenido más tarde en referente, pues el mismísimo David Bowie planeaba hacer su propia versión galáctica de la época en que fue Ziggy Stardust. No obstante, el proyecto siguió adelante con la participación ejecutiva de Michael Stipe (R.E.M) y un elenco de lujo: Christian Bale, Ewan McGregor, Placebo, Jonathan Rhys-Meyers, Eddie Izard y la enorme Toni Collette, entre otros. 

La puesta en escena de Velvet Goldmine es impecable. A pesar de su moderada taquilla, el vestuario se hizo con un premio de la Academia y la banda sonora es de las mejores que alguien pudiera esperar de un filme donde la música es esencial. Brian Eno, Placebo, Thom Yorke y Jonny Greenwood de Radiohead, se encargaron de las versiones de Lou Reed, Roxy Music, New York Dolls, T-Rex, Iggy Pop and The Stooges, entre otros. 

Christian Bale es Arthur Stuart, un chico que debe atravesar su adolescencia escondiéndose de sus padres, a pesar de encontrar verdaderos espacios de disfrute, recreación y liberación en un Londres setentoso, febril ante el glitter y obsecado en guardar las apariencias.  Arthur es el hilo conductor de esta historia. Es él quien se acerca a Brian Slade -Bowie, Jobriath- el rockero pelirrojo oriundo de Marte; se fascina ante Jack Fairy -Little Richard- cuando se pasea elegantemente con su medallón heredado del mismísimo Oscar Wilde o sonríe con la luminosidad recién llegada de una mañana en la que pudo retener la espalda del rockero más deseado e inasible de toda la escena del punk rock, Curt Wilde; la versión más sexy que alguien pudiera imaginarse de Iggy Pop, -Mick Jagger, Lou Reed, Mick Ronson- y que encarna con absoluta maestría, Ewan McGregor. 

Llámame Jim

Iggy Pop y Tom Waits se encuentran para tomarse un café en un local sin lujo ni encantos en
Somewhere in California, uno de los encuentros que forman parte del filme Coffee and Cigarettes, de Jim Jarmusch (2003).  La conversación es incómoda, un rasgo presente en el resto de las citas, donde participan Cate Blanchett, Bill Murray, Steve Buscemi, Steve Coogan, Alfred Molina, Wu Tan Clang, Jack y Meg White, entre otros. 

Tom llega tarde al encuentro, pues ha tenido que lidiar con varias situaciones de emergencia en el camino: un parto incontenible y una traqueotomía improvisada con un bolígrafo, lo que le lleva a reflexionar acerca de la relación de la música y la medicina. "La música y la medicina se complementan, son como dos planetas girando alrededor del mismo sol", confiesa ante un desconcertado Iggy, que solo había atinado a aclararle a Tom que por esta ocasión, preferiría que lo llamaran Jim. Haciendo caso omiso de esta solicitud, Tom luce cada vez más arisco y reactivo frente a los sutiles intentos del compañero por llevar adelante la conversación. 

Toman café, acceden a fumarse un cigarrillo, aprovechando que alguien dejó una cajetilla en la mesa. Iggy confiesa que después de 25 años, los excesos han quedado atrás. Tom continúa errático y cambiante. Cansado, su compañero decide marcharse. 

"¿Vienes mucho por aquí? En la rockola no están tus canciones", asomaba Jim al principio de la conversación. Ahora que se ha ido, Waits enciende otro cigarrillo, de los que ha contado ya varias veces que dejó definitivamente, y de forma sigilosa se desliza sobre el repertorio de la máquina, hasta que con un gesto triunfante, se acomoda de nuevo a la mesa y exclama: "¡Tampoco están las suyas!"

The Idiot

Resulta absolutamente descorazonador el quiebre emocional que anuncia el Ian Curtis (Sam Reily) dirigido por Anton Corbjin en Control (2007). Como todo preludio de despedida para el héroe romántico, los versos que recita el personaje no hacen otra cosa que anunciar el desenlace fatal. Curtis luce cansado, enfermo y es incapaz de resolver su vida personal. Tiene tan solo 23 años y su vida es un túnel sin salida. 


Así que esto es la permanencia,

el orgullo deshecho del amor.

Lo que una vez fue inocencia...

Ahora da la espalda.

Una nube sube para mí,

marca cada movimiento

en la profundidad del recuerdo

de lo que una vez fue amor. 


Se resuelve la historia que iniciaba con una pregunta acerca de la "existencia" siete años antes del suicidio de Curtis, en 1980. No hay palabras de aliento que puedan revertir lo que Ian sentía en ese momento, ni su familia, ni el éxito de Joy Division; ni siquiera las fantásticas y edificantes historias que le contaba Tony Wilson, ese magnífico mánager y visionario de la música que formó parte de los productores ejecutivos de Control y que retrata de manera inolvidable Michael Winterbottom en su película de 2003: 24 Hours Party People. Steven Coogan se encarga aquí de interpretar a Tony, quien a su vez, se ocupa personalmente de realizar un magnífico crossover cerca del final de la historia. Gracias a Wilson, Joy Division y New Order lograron grabar sus álbumes y formar parte de la escena de Manchester en los años 70 y 80, respectivamente.

Curtis escribe dos cartas. Una, cargada de amor, es para su amante, Annik. La otra, plena en arrepentimiento, es para Deborah, esposa y madre de su única hija, Nathalie. Luego, se va a su habitación y escucha The Idiot, el álbum debut como solista de Iggy Pop que fue producido por Bowie, (otro de los guiños deliciosos que pueden rastrearse de la vida de estos dos personajes en Velvet Goldmine, por cierto).  Es el vinilo de Iggy lo que suena de fondo cuando Deborah halla el cuerpo de Ian. "No quería que esto creciera tanto", confesaba el atribulado cantante antes de sufrir un ataque y decidir colgarse. 

En 24 Hours Party People podemos invadir la intimidad del velorio de Curtis, incluso verlo de cerca, todo esto de la mano de Tony. En Control, es el dolor de los integrantes de la banda y los gritos de Deborah los que dan cuenta de la partida. El final de Corbjin es mucho más poético y fotográfico, por supuesto. Más allá de los créditos finales de ambas historias, y a pesar del dolor que aquello evocaba para Deborah (pues resumía la infidelidad de su esposo y el fin de la relación), puede leerse en la lápida de Ian Curtis:  Love Will Tear Us Apart. 


Dakmar Hernández. 2020.

2014/02/21

En este país, mi país, tu país... Réquiem sonoro para mi Venezuela (I)



Diariamente, aplico "diez segundos para diagnosticar al cerro" mientras cambia el semáforo de la avenida Luis Roche. 
El Ávila luce en ocasiones triste, majestuoso, silente, quemado. Optimista o necesario; recurrente, abusado, irrespetado, reiterativo. Un día es motivo, rabia, hastío, encierro, peligro, seductor a distancia, poema o declaración. Aquí, todos los adjetivos, sentimientos y calificativos son bienvenidos. 
Cuando la inseguridad de la calle me lo permite, ¡hasta fotografío al cerro!  Antes de salir de mi casa abro la cámara del celular  y lo pongo a tiro en mi bolso. Al salir a mi calle, saco el teléfono y  ¡Zas! flashazo- intrépido-anti-motorizados. 

Hoy nos pidieron otra vez en la agencia que regresáramos a casa temprano. El país está fracturado. Vengo de caminar embobada viendo al Ávila durante todo el trayecto. Estos son días que bien habríamos disfrutado en diciembre, que fue en cambio un mes tan frío, nublado y oscuro. 
Ahora vivimos días de cielo azulado y tristes por lo que sucede a ras del suelo. 
Mientras el azul arriba te quema los ojos, las calles se tiñen de rojo sangre.

¿El título de este post? Sí. Es una canción de María Teresa Chacín. Una de esas piezas que  te alborotaba el orgullo y te ponía contento de inmediato (como si eso fuera difícil para nosotros, que sólo con vivir la peor de las desgracias ya estamos listos para estrenar nuestro mejor chiste).  La voz dramática de María Teresa siempre me encantó. Desde las intervenciones maravillosas con el maestro Aldemaro Romero, hasta sus melodías románticas en Sábado Sensacional. 

Para mí, Venezuela es su música. Ese es mi primer recuerdo de quiénes somos,  mi primer contacto con mi cultura. En casa de mis abuelos, donde crecí, siempre hubo música. Más tarde aprendí lo demás. Centeno Vallenilla, Soto, Cruz, Andrés Bello, Ramos Sucre, Pietri, Salustio, El Chino, Antonieta Madrid... 
Si algo extrañaré de mi país, ese que ya no existe, es su banda sonora orgánica, sus melodías sabrosas y sus voces. En las fiestas siempre se bailaba a Venezuela y se cantaba a Venezuela, al menos para asomar el clímax a punta de tambor y cerrar el bochinche con el "Alma Llanera". 

Desde bien temprano amé cantar y bailar... una vez tuve que teñirme de betún para poder interpretar el canto de faena de "Pilón". Fui feliz. 
Hubo un tiempo en el que mi mamá nos llevó a mi hermana y a mí  hasta la UCV, donde era profesora. Nos dejaba tocar las curvas del Pastor de nubes de Jean Arp y esperó siempre a que corriéramos hasta el cansancio por las rampas del Aula Magna. Loly y yo hicimos clases de cuatro en aulas de la escuela de Educación, hasta que nos rompimos los dedos o ya no hubo profesor, no me acuerdo. Para nosotras no había edificios ni jardines más bonitos en el mundo que aquellos de la ciudad universitaria. 

Pensar en la Venezuela donde crecí duele, aquí y ahora. 
Deseo despedirme del país que conocí. Quiero registrar las voces que me habitan antes de que la memoria responda al desarraigo. 
Canto a esa Venezuela que jamás volverá a ser y que en mi caso, visualizo como una variopinta banda sonora de muchas versiones y entidad multiforme. 

Este es mi playlist de Adiós, mi Venezuela. Son las canciones en esta primera entrega que me recuerdan mi infancia y hasta mi temprana adolescencia. Las que van a ir conmigo siempre.  

Porque no hace falta que me vaya de aquí. Ya soy una extranjera en mi propia tierra. 

El ejercicio es como poner mi iPod primario en aleatorio. Aún presiento una clasificación temporal, incluso en la arbitrariedad. Que lo disfruten.



El twist que no viví, el rock que cantaré siempre 
(Del porqué amo a The Beatles, por ejemplo)

Magia blanca. Trío Venezuela


El último beso. Los 007


Detén la noche. Los 007


Aleluya. Cherry Navarro


Mi limón, mi limonero. Henry Stephen


Tú la vas a perder. Los Darts


Si estás triste. Los Darts


Por qué te vas. Los Supersónicos


El hombre de la cima. Edgar Alexander


El guía. José Luis Rodríguez (sí, "El Puma")

Amor. Spiteri Brothers


De mis afectos. No puedo dejar de colocar aquí la versión de Los Amigos Invisibles y la participación en vivo de Jorge Spiteri, pero el sonido es fatal. Advertidos están.

Las canciones de mi abuela
Mi abuelo siempre escuchó a Carlos Gardel, así que incluiré un par de temas  que ha amado siempre mi abuela y que son bien venezolanos, aunque refieran otras latitudes y otros paisajes sonoros. Reina (sí, es su nombre) fue a muchas fiestas y carnavales con la orquesta liderada por Luis María Frómeta, un dominicano que vivió en Venezuela y que la amó y cantó hasta su muerte.  Una de las dos orquestas más grandes e importantes de mi país. La otra banda  fue "Los Melódicos" que también reproduzco acá.

Aaaaaañoooossss después, tuvimos la oportunidad de ir a unos carnavales con ella y verlos. Fue alucinante... Ni hablar cuando fuimos a ver "Cantando con Billo´s" en el Teatro Nacional, a principios de los noventa. Con la Billo´s resuena gran parte de mi banda sonora navideña, de celebraciones y fiestas.
El otro tema es una versión de Felipe Pirela  de "Sombras nada más" desde lejos, uno de los temas que más quiero en mi mundo sonoro. Pasión pura. 

La versión de Pirela es para quitarse el sombrero.


Qué viva España. Billo´s Caracas Boys


Nuevo circo. Billo´s Caracas Boys


Tabú. Los Melódicos 


Sombras nada más. Felipe Pirela

El disco para las niñas de la casa: A la una. Serenata Guayanesa


Se cantaba en mi casa. Canciones fundamentales para alegrar el alma venezolana

En este país, tu país, mi país. María Teresa Chacín


Con el orgullo aferrado 
a su propia identidad
Tu país eres tú mismo,
 con tu esfuerzo y voluntad
...
Mi país no es un decir, 
es la conciencia de todos
es el quehacer del presente
para forjar el futuro,
y así cultivar la senda
de nuestros libertadores...
En este país, mi país, tu país. 

Moliendo café. Hugo Blanco


Cumbia con arpa. Hugo Blanco




El Catire. Aldemaro Romero con Frank Hernández y orquesta


Tuve el privilegio de entrevistar al maestro. Nos advirtieron que era muy poco probable que nos permitiera más de media hora para hacerle preguntas y tomarle fotos. 
Ese día salimos de su casa siete horas después, abrumados y felices. Nadie dijo que iba a ser fácil, pero tampoco esperábamos compartir confidencias, recuerdos y que nos cantara al piano algunas de sus canciones favoritas. 

La vaca mariposa. El tío Simón Díaz



Notichamo. Contesta por Tío Simón. El tío Simón Díaz


Gracias, tío Simón. Por tanto.

Presagio. Gualberto Ibarreto


María Antonia. Gualberto Ibarreto


Anhelante. Gualberto Ibarreto


Siempre amé la mandolina en este tema. Me emociono tanto al escucharlo. 

La guerra de los Vargas. Unicornio



Canción mansa para un pueblo bravo. Alí Primera


Contar conmigo. Unicornio


Y llegamos a la era dorada del pop en Venezuela (y la balada romántica, of course)

Sálvame. Karina


En un país donde la mayoría de los hijos venimos de hogares de padres divorciados, madres solteras y un largo etcétera de padres ausentes, esta canción fue un éxito inmediato.

A quién. Karina


Nada más poderoso que el primer despecho. Karina fue mi tabla de salvación.


La noche es mágica. Karina


La canción más creepy de mi catálogo preadolescente. Me encantaba Mecano, así que si escuchan atentamente, todo calza a la perfección. Finalmente, este también era el tutorial perfecto para bailar en los ochenta. I love you Karina.

Si tú te vas. Colina

Talentoso con actitud y vida muy muy muy rock n´roll. 

Ganas de llorar. Témpano


Dame solo un minuto. Témpano


Aún paso por tu casa. Fernando y Juan Carlos



Blanco y negro. Elisa Rego


Ni hablar de cuando conocí a Elisa gracias a mi flaco. La besé y la abracé tanto, que debí asustarla.

Para no asustarlos a ustedes, encontré este resumen que contiene a Franco, Rudy La Scala, Kiara, Montaner, y Pentágono, entre otros:



Aquel lugar secreto. Yordano


Química. Frank Quintero con Karina


La canción de mi tío José. La dama de la ciudad. Frank Quintero





Salsa, Latino Pop Bailable y demás especias (por aquí, pase adelante)

Gracias tíos y tías, por enseñarnos a bailar salsa. La salsa brava, la del barrio, la trancada. 
Bailar siempre me hará feliz. Siempre.

Llorarás. Oscar De León con Vladimir y Albóndiga Monge


Mi bajo y yo. Oscar De León


Esta es una de mis versiones favoritas. Oscar es un duro. Sin duda. 
Este es el gran libro que quise y lamentablemente no pudimos hacer en RHM. Mi deuda editorial.

Mentiras. Sergio Pérez


Tremendo videoclip, tomando en cuenta que fue en 1987...

Mueve un pie. Sergio Pérez


Abran puertas y ventanas,
Que la música nos llama,
Abre el corazón para que puedas escuchar,

Que equivocaciones 
Que ayer fueron callejones,

Hoy son avenidas
Que podemos transitar


Chamo Candela. Daiquirí


Me falta todo. Diveana


Noches de media luna. Diveana



Y llegó Melissa

Melissa, prácticamente, me salvó la vida y me alejó del pop romanticón que se escuchaba a todas horas en mi casa, ganando terreno a los discos de Rock, heavy y blues que tímidamente también se podían escuchar cuando el matriarcado así lo permitía. 
El look de gata rebelde de Melissa sacudió mis cimientos. Su voz grave, las mallas y el cabello suelto me invitó a reencontrarme con mis rulos castaños y a preferir el cabello suelto. En ella, todo era actitud, baile y más actitud. Una cantante pop y romanticona (sí, veo la contradicción) embutida en animal print, botas a lo heavy metal (que maltrataría nuestros ojos a finales de la década) y mucha rebeldía. Las canciones de Melissa competían con mis discos y cassettes de otras heroínas, como Ana Torroja,  Madonna o Cindy Lauper. Era posible ser una rockera caribeña. Poco importaba que ella fuera rubia, rubísima. Era posible. Eso estaba claro.

Generación. Melissa



Y yo no digo que seamos de oro puro
 que no tengamos un lado oscuro,
 pero títeres no somos, eso no...

Somos tú y yo. Generación Halley. Melissa


No soy una señora. Melissa


Una especie en extinción. Melissa


A punto de caramelo. Melissa


Me estoy sintiendo sola. Melissa


Crush pop

Algo hizo click en mi cerebro cuando aparecieron estos chamos con su pinta new wave y sus pantalones rotos. Aquí sonaban grupos de todas partes del mundo, en estos estábamos súper actualizados por ser la puerta de entrada del Sur. Boy Band alternativa, estuvieron en programas alternativos como A Toque, de Érika Tucker. Algo cambiaría (y me salvaría)...

Depende de ti. Wag


Letras. Wag



La revelación: el amor no existe, hay que hacerlo

Cabeza. Sentimiento Muerto



A partir de aquí,  comienza el segundo capítulo de mi réquiem sentido para mi Venezuela. 
(Próxima entrega)






2013/12/18

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 12




Estereotipo endógeno

Antes de comenzar a escribir me debato (o me siento obligada por la inercia "situación-país") entre pronunciarme sobre el momento político actual o dedicarme a escribir en mi blog amado, tan personal y querido. 
No es fácil tratar de recrear las ideas cuando la política lo arropa todo y el acontecer diario exige posturas y opiniones tan inmediatas como si de actualizaciones del timeline vital se tratara. Si no dices nada, eres sospechoso. Si por el contrario, hablas todo el día como servidor de noticias, eres sospechoso también... y cansón.
Sí. Estoy cansada, triste, angustiada, preocupada y todo a la vez. Vivo en Venezuela, por si no lo sabían. Vivo pensando en lo que meteré en la maleta cuando se haga inevitable el salir corriendo con mis hijos aferrados a cada mano. Me da miedo pensar en el gentilicio que presuma el ticket de destino. Me paralizo.
En fin.


El día que saquearon Daka, esa ex-sabana infinita de electrodomésticos y pantallas, había decidido apartarme del celular y de los deberes en remoto. Ni idea. No supe nada, hasta que ya era casi de noche. Mientras cocinaba el almuerzo veía la tele y me enteré por casualidad que aquel sábado era la transmisión del Miss Universo. Sin conocer siquiera quién era la representante de Venezuela (lo juro) me senté con una copa de tinto de verano frente al televisor. Me di permiso a la nada. Pensé en aprovechar el vértigo de la factoría digital de las misses para darme la anuencia de seguir estadísticas, seguir el impacto de # y tendencias en redes, vacilarme toda la parafernalia maravillosa de los dimes y diretes de las redes sociales hasta sumergirme en la maraña increíble y simultánea de planos, acciones y encuentros que conviven desde el momento cero de cada día en el que amenazo mi seguridad ocular al deslumbrarme con la luz del móvil. De vez en cuando miraba a la pantalla del concurso en tele y volvía al dispositivo fascinada (y asqueada, por cierto) para degustar la increíble cantidad de mensajes, opiniones y pareceres del mundo ante un espectáculo tan fascinante como superfluo y decadente. Creo que vi palabras asociadas con saqueos, Daka y pantallas planas. Ni caso; que aquello no tenía nada que ver con las misses ni afectaba el sabor de mi sopa.

Somos bellas y no lo sabemos

Que sí. Las venezolanas somos bellas. Al menos, eso es lo que certifican -estadística y rotundamente- algunos estudios sesudos desperdiciados que avalan resultados irrefutables expuestos en certámenes internacionales. Claro está, por ejemplo, que somos pretendidamente bellas hasta para alisarnos el cabello para ir a la playa, tatuarnos las cejas antes de los veinte años, soñar y ahorrar hasta el hambre para comprar tetas y vientres planos.  Las venezolanas nos desvivimos por las combinaciones de color en todo lo que usamos, como si fuéramos protagonistas de "Mi extraña obsesión": uñas con cartera, colitas con camisas, maquillaje con zapatos, rimmel con mechas y pare de contar.
En este país la estética reluce como valor fundamental de la canasta básica. El paraíso está detrás de la búsqueda incesante del "ideal de belleza" que defiende con absoluto descaro el arquitecto de las misses, Osmel Sousa. Que a nadie le sorprenda. El feminismo, el imaginario de la reinvindicación dista de alejarnos del lápiz labial y discutir sobre "lo" femenino no es una de nuestras fortalezas. Rivales, enemigas y enemistadas por naturaleza, eso sí te lo tenemos: Que la Goldman nos parecería añeja, descuidada; y Anaís Nin, una puta malagarrada.
Ojo: basta con revisar estadísticas de operaciones estéticas e índice de muertes por procedimientos fallidos para certificar todo lo anterior. Hagan la tarea.
Nuestra decadencia social se traduce en una búsqueda desaforada de artilugios, de evasiones que transmitan la idea de continuidad en el recipiente más cambiante, por paradoja cárnica.
Las empresas ilegales, sin control y dispuestas a primera mano ofrecen de todo al mejor postor. Hay tetas, nalgas, silicón, grasa, botox, polímeros, lipos y prótesis en apartamentos, anexos, garages, oficinas, baños públicos. Sin condiciones, certificados o recursos. Sin garantías.

En Venezuela hay operaciones estéticas que se programan a la hora del almuerzo.

Recuerdo en una oportunidad que entrevistaba a Hugo Prieto por la publicación de su novela Vivir en vano. Hacía una nota para la revista Contrabando y me encontré con el autor en un café de Los Palos Grandes. Prieto se refería a nuestra realidad social con adjetivos duros y certeros. “Los símbolos más característicos de nuestra pobreza ambulante son los mototaxis, las tetas postizas como símbolos de la pobre autoestima de nuestras mujeres que también le han cambiado la faz a la ciudad; esa imagen prostituida de tetas corrompidas por la intromisión de la silicona son una afrenta a la belleza natural".


Me da pena
Para mí, la belleza es, ante todo, inteligencia. El conocimiento reluce seductor por naturaleza. Por ello, ser fea  e inteligente (intensa, complicada, rebuscada, aburrida, un ratón de biblioteca) en un país de misses fue un acto revelador y terrible. No en vano, aprendí a avergonzarme de mi apariencia desde muy temprana edad. Para alimentar la telenovela,  era aún pequeña cuando un medicamento truncó el desarrollo natural de mi dentición. Luego, aprendí por defensa y reflejo a sonreír con la boca cerrada, a evitar tener que manifestar mi agrado. Mi ceño fruncido reemplazó toda posibilidad de la mueca sonreída o el estruendo melódico de la sintonía y el encanto de la risa sincera.
Recuerdo el desarrollo desigual de mis dientes, mi imposibilidad de posar ante la cámara. Aún le temo a los flashes, a las fotografías para carnets. Yo conocí temprano lo que era ser infeliz y nadie tomaba en serio mi tragedia.


Tenía cuatro años y podía certificar que la vida no era tan grata. Candy, Marco y Heidi sufrían, pero aquello no era comparable con mi reflejo mudo.

Un día, cerca de mi cumpleaños número siete, resbalé al pisar una de mis revistas. A ver. Era una lectora furibunda anclada en mi timidez y los libros me rodeaban indiscriminada y permanentemente.
Me levanté con entusiasmo y pisé la revista que recién abandonaba mis manos. Tracé una elipsis verbal absurdísima y me estrellé contra el suelo. Me partí la nariz en cuatro partes y sangré internamente, hasta el punto en que, luego de que los médicos me observaran detenidamente, me llevaron a una sala aparte  y me preguntaron una, dos,  y mil veces si mi mamá, una mujer amable y dulce hasta el absurdo, me había pegado con "algo" en la cara.
Recuerdo llorar en silencio bajo un minúsculo pañuelo de Hello Kitty que mi mamá insistía en que mantuviera en alto mientras miraba por la ventana de la camionetica que nos devolvía a casa, tras una jornada de palabras incomprensibles que nos dibujaban el rostro.
Todavía mi mamá insiste en que yo era una niña preciosa. A veces me susurra mientras acaricia los rulos que siempre tienden al rojo quemado, las pecas, mis mejillas. Qué lástima, mi manzanita. Eras bella. No sé qué te pasó.

Mueve ese culo
La naturaleza siempre sigue su curso. Aprendí a reírme bajo la protección de mis manos estilizadas forradas en anillos. El humor negro corona mi anatomía desde que tengo memoria.
Las venezolanas ostentamos, por cierto, senos pequeños, caderas anchas y culos que harían palidecer a J-Lo.
Los pantalones que pasan por nuestras caderas relucen flojos a nivel de la cintura; mientras los que atienden a ceñir el torso difícilmente podrían remontar la sinuosidad de nuestras curvas. Somos coquetas hasta el absurdo y distintas, variopintas o uniformadas. Nos vestimos de invierno bajo 31 grados o bailamos al son de faldas diminutas de la temporada. Somos cuidadosas hasta el punto de gastar todo el sueldo en velar por las uñas y no lo pensamos dos veces antes de soslayar  la vida en la peluquería.
Basta con ojear cualquier calle de Venezuela para evidenciar que las venezolanas salimos desde bien temprano bañadas, perfumadas y bien combinadas a trabajar, estudiar y luchar. Movemos siempre el culo, criamos solas o acompañadas, bregamos más turnos de los que quisiéramos y luego nos encargamos de la casa. Todo en uno. 3M. 4x4. A la N potencia. Cuatriboleadas sin bolas y  con muchos ovarios.


 ¿Yo? Resuelvo, trabajo, crío, coordino, evado y vuelvo a empezar. En mi caso no es distinto. Mis niños van conmigo hasta el final del inicio. Me desvivo por ellos y son mi razón para seguir. Mi motivación es mi desespero. Mi desvelo es mi motivación. Me levanto temprano, tuiteo, sigo, río, me desespero. Vivo. Canto.

 ¿A qué venezolana no le agradecen diaria y públicamente el vaivén de sus caderas? A mí la telenovela me la cuentan completa: me han endilgado de todo. Historias, anécdotas, culpas, nacionalidades desternillantes y parecidos absurdos con primas, hermanas, amigas y amores irresolutos. Creo entonces que a muchas mujeres de este país  se les partió la nariz y se  les torcieron los dientes desde bien temprano.


Leer en la camioneta
Un día, sin mayores sobresaltos, me tocó montarme en una camioneta que desaceleraba sin detenerse frente al Unicentro El Marqués con la intención de ir a una reunión de Unicef en Parque Cristal. El equilibrio que precede la intención de levantarse a sugerir la parada pasa por sortear hombros, caderas, obstáculos y ondulaciones hasta anunciar con voz altisonante el deseo de abandonar el vehículo en la próxima parada.
No pude abrir la boca. Mis labios se habían sellado. Caminé y me ubiqué en la puerta del colectivo y aprovechando la presencia de otros pasajeros con el mismo destino, me bajé. Me senté temblando en un banquito frente al Parque Cristal. Traté de abrir la boca y tras un sonido doloroso de quebrar de huesos, logré decirme algunas palabras, con pausa, bajito... pero que no me calmaron ni un poco.

Dientes derechos

Durante mucho tiempo jugué a borrarme como entidad y así hubiera seguido si no hubiese tenido que enfrentar uno de mis peores miedos. Tras cuatro años de citas postergadas, control férreo de la mordida, interminables juegos de cepillos dentales y adminículos para llevar; ligas, apretones, dolor y mucha sensibilidad, estrené hace tres semanas una sonrisa sin obstáculos. Aún tengo la mordida ladeada, debo utilizar un aparato correctivo que buscará elevar el peso de mis molares, abrir la llave de oclusión, jugar a la simetría de la mordida. Sigo sin reconocerme.

Río. Sonora, impacable, altisonante, seguida y frecuentemente. Mi amargura se diluye ante la vida; bien sean los frecuentes hallazgos en Internet, en mis lecturas y en las conversaciones que sostengo invariablemente, incluso en clave de monólogo. Aún me cuesta sonreír en las fotografías. Pero lo hago, siempre. Me doy mi tiempo.

Aprendí con terror cómo en Venezuela cualquiera puede embaucarte con el tema de corrección ortodóncica. Vi miles de sonrisas articuladas sobre piezas incrustadas con pega loca sobre el esmalte, por mencionar lo más frecuente. Menos mal que éste no fue mi caso. En Venezuela los aparatos con liguitas de colores son símbolo de estatus. Yo, una vieja con aparatos, nunca fui una excentricidad: era sólo una variante del juego colectivo.
En mi caso aposté por el juego metálico de cajas sin ligas, sin colores ni estridencias.

Colecciono  chistes y comentarios absolutamente bizarros que pudieran hacer sonrojar a cualquier mujer decente. Pero yo era una mujer con aparatos en los dientes.
Descubrí naturalezas humanas pululando en imágenes sugeridas que me resultaron reveladoras.

El mundo puede ser un juego especular
a partir de la verbalización de nuestros defectos.







2013/01/24

Soundtrack. Libros para oír (número uno)


Es oficial, hoy arranco mi Soundtrack: Libros para oír en CochinoPop
Para inaugurar este espacio hablo de Papi, escrito por Rita Indiana a punta de perico ripiao tecno y muy punk.
Que lo disfruten. Pincha aquí.