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2013/12/18

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 12




Estereotipo endógeno

Antes de comenzar a escribir me debato (o me siento obligada por la inercia "situación-país") entre pronunciarme sobre el momento político actual o dedicarme a escribir en mi blog amado, tan personal y querido. 
No es fácil tratar de recrear las ideas cuando la política lo arropa todo y el acontecer diario exige posturas y opiniones tan inmediatas como si de actualizaciones del timeline vital se tratara. Si no dices nada, eres sospechoso. Si por el contrario, hablas todo el día como servidor de noticias, eres sospechoso también... y cansón.
Sí. Estoy cansada, triste, angustiada, preocupada y todo a la vez. Vivo en Venezuela, por si no lo sabían. Vivo pensando en lo que meteré en la maleta cuando se haga inevitable el salir corriendo con mis hijos aferrados a cada mano. Me da miedo pensar en el gentilicio que presuma el ticket de destino. Me paralizo.
En fin.


El día que saquearon Daka, esa ex-sabana infinita de electrodomésticos y pantallas, había decidido apartarme del celular y de los deberes en remoto. Ni idea. No supe nada, hasta que ya era casi de noche. Mientras cocinaba el almuerzo veía la tele y me enteré por casualidad que aquel sábado era la transmisión del Miss Universo. Sin conocer siquiera quién era la representante de Venezuela (lo juro) me senté con una copa de tinto de verano frente al televisor. Me di permiso a la nada. Pensé en aprovechar el vértigo de la factoría digital de las misses para darme la anuencia de seguir estadísticas, seguir el impacto de # y tendencias en redes, vacilarme toda la parafernalia maravillosa de los dimes y diretes de las redes sociales hasta sumergirme en la maraña increíble y simultánea de planos, acciones y encuentros que conviven desde el momento cero de cada día en el que amenazo mi seguridad ocular al deslumbrarme con la luz del móvil. De vez en cuando miraba a la pantalla del concurso en tele y volvía al dispositivo fascinada (y asqueada, por cierto) para degustar la increíble cantidad de mensajes, opiniones y pareceres del mundo ante un espectáculo tan fascinante como superfluo y decadente. Creo que vi palabras asociadas con saqueos, Daka y pantallas planas. Ni caso; que aquello no tenía nada que ver con las misses ni afectaba el sabor de mi sopa.

Somos bellas y no lo sabemos

Que sí. Las venezolanas somos bellas. Al menos, eso es lo que certifican -estadística y rotundamente- algunos estudios sesudos desperdiciados que avalan resultados irrefutables expuestos en certámenes internacionales. Claro está, por ejemplo, que somos pretendidamente bellas hasta para alisarnos el cabello para ir a la playa, tatuarnos las cejas antes de los veinte años, soñar y ahorrar hasta el hambre para comprar tetas y vientres planos.  Las venezolanas nos desvivimos por las combinaciones de color en todo lo que usamos, como si fuéramos protagonistas de "Mi extraña obsesión": uñas con cartera, colitas con camisas, maquillaje con zapatos, rimmel con mechas y pare de contar.
En este país la estética reluce como valor fundamental de la canasta básica. El paraíso está detrás de la búsqueda incesante del "ideal de belleza" que defiende con absoluto descaro el arquitecto de las misses, Osmel Sousa. Que a nadie le sorprenda. El feminismo, el imaginario de la reinvindicación dista de alejarnos del lápiz labial y discutir sobre "lo" femenino no es una de nuestras fortalezas. Rivales, enemigas y enemistadas por naturaleza, eso sí te lo tenemos: Que la Goldman nos parecería añeja, descuidada; y Anaís Nin, una puta malagarrada.
Ojo: basta con revisar estadísticas de operaciones estéticas e índice de muertes por procedimientos fallidos para certificar todo lo anterior. Hagan la tarea.
Nuestra decadencia social se traduce en una búsqueda desaforada de artilugios, de evasiones que transmitan la idea de continuidad en el recipiente más cambiante, por paradoja cárnica.
Las empresas ilegales, sin control y dispuestas a primera mano ofrecen de todo al mejor postor. Hay tetas, nalgas, silicón, grasa, botox, polímeros, lipos y prótesis en apartamentos, anexos, garages, oficinas, baños públicos. Sin condiciones, certificados o recursos. Sin garantías.

En Venezuela hay operaciones estéticas que se programan a la hora del almuerzo.

Recuerdo en una oportunidad que entrevistaba a Hugo Prieto por la publicación de su novela Vivir en vano. Hacía una nota para la revista Contrabando y me encontré con el autor en un café de Los Palos Grandes. Prieto se refería a nuestra realidad social con adjetivos duros y certeros. “Los símbolos más característicos de nuestra pobreza ambulante son los mototaxis, las tetas postizas como símbolos de la pobre autoestima de nuestras mujeres que también le han cambiado la faz a la ciudad; esa imagen prostituida de tetas corrompidas por la intromisión de la silicona son una afrenta a la belleza natural".


Me da pena
Para mí, la belleza es, ante todo, inteligencia. El conocimiento reluce seductor por naturaleza. Por ello, ser fea  e inteligente (intensa, complicada, rebuscada, aburrida, un ratón de biblioteca) en un país de misses fue un acto revelador y terrible. No en vano, aprendí a avergonzarme de mi apariencia desde muy temprana edad. Para alimentar la telenovela,  era aún pequeña cuando un medicamento truncó el desarrollo natural de mi dentición. Luego, aprendí por defensa y reflejo a sonreír con la boca cerrada, a evitar tener que manifestar mi agrado. Mi ceño fruncido reemplazó toda posibilidad de la mueca sonreída o el estruendo melódico de la sintonía y el encanto de la risa sincera.
Recuerdo el desarrollo desigual de mis dientes, mi imposibilidad de posar ante la cámara. Aún le temo a los flashes, a las fotografías para carnets. Yo conocí temprano lo que era ser infeliz y nadie tomaba en serio mi tragedia.


Tenía cuatro años y podía certificar que la vida no era tan grata. Candy, Marco y Heidi sufrían, pero aquello no era comparable con mi reflejo mudo.

Un día, cerca de mi cumpleaños número siete, resbalé al pisar una de mis revistas. A ver. Era una lectora furibunda anclada en mi timidez y los libros me rodeaban indiscriminada y permanentemente.
Me levanté con entusiasmo y pisé la revista que recién abandonaba mis manos. Tracé una elipsis verbal absurdísima y me estrellé contra el suelo. Me partí la nariz en cuatro partes y sangré internamente, hasta el punto en que, luego de que los médicos me observaran detenidamente, me llevaron a una sala aparte  y me preguntaron una, dos,  y mil veces si mi mamá, una mujer amable y dulce hasta el absurdo, me había pegado con "algo" en la cara.
Recuerdo llorar en silencio bajo un minúsculo pañuelo de Hello Kitty que mi mamá insistía en que mantuviera en alto mientras miraba por la ventana de la camionetica que nos devolvía a casa, tras una jornada de palabras incomprensibles que nos dibujaban el rostro.
Todavía mi mamá insiste en que yo era una niña preciosa. A veces me susurra mientras acaricia los rulos que siempre tienden al rojo quemado, las pecas, mis mejillas. Qué lástima, mi manzanita. Eras bella. No sé qué te pasó.

Mueve ese culo
La naturaleza siempre sigue su curso. Aprendí a reírme bajo la protección de mis manos estilizadas forradas en anillos. El humor negro corona mi anatomía desde que tengo memoria.
Las venezolanas ostentamos, por cierto, senos pequeños, caderas anchas y culos que harían palidecer a J-Lo.
Los pantalones que pasan por nuestras caderas relucen flojos a nivel de la cintura; mientras los que atienden a ceñir el torso difícilmente podrían remontar la sinuosidad de nuestras curvas. Somos coquetas hasta el absurdo y distintas, variopintas o uniformadas. Nos vestimos de invierno bajo 31 grados o bailamos al son de faldas diminutas de la temporada. Somos cuidadosas hasta el punto de gastar todo el sueldo en velar por las uñas y no lo pensamos dos veces antes de soslayar  la vida en la peluquería.
Basta con ojear cualquier calle de Venezuela para evidenciar que las venezolanas salimos desde bien temprano bañadas, perfumadas y bien combinadas a trabajar, estudiar y luchar. Movemos siempre el culo, criamos solas o acompañadas, bregamos más turnos de los que quisiéramos y luego nos encargamos de la casa. Todo en uno. 3M. 4x4. A la N potencia. Cuatriboleadas sin bolas y  con muchos ovarios.


 ¿Yo? Resuelvo, trabajo, crío, coordino, evado y vuelvo a empezar. En mi caso no es distinto. Mis niños van conmigo hasta el final del inicio. Me desvivo por ellos y son mi razón para seguir. Mi motivación es mi desespero. Mi desvelo es mi motivación. Me levanto temprano, tuiteo, sigo, río, me desespero. Vivo. Canto.

 ¿A qué venezolana no le agradecen diaria y públicamente el vaivén de sus caderas? A mí la telenovela me la cuentan completa: me han endilgado de todo. Historias, anécdotas, culpas, nacionalidades desternillantes y parecidos absurdos con primas, hermanas, amigas y amores irresolutos. Creo entonces que a muchas mujeres de este país  se les partió la nariz y se  les torcieron los dientes desde bien temprano.


Leer en la camioneta
Un día, sin mayores sobresaltos, me tocó montarme en una camioneta que desaceleraba sin detenerse frente al Unicentro El Marqués con la intención de ir a una reunión de Unicef en Parque Cristal. El equilibrio que precede la intención de levantarse a sugerir la parada pasa por sortear hombros, caderas, obstáculos y ondulaciones hasta anunciar con voz altisonante el deseo de abandonar el vehículo en la próxima parada.
No pude abrir la boca. Mis labios se habían sellado. Caminé y me ubiqué en la puerta del colectivo y aprovechando la presencia de otros pasajeros con el mismo destino, me bajé. Me senté temblando en un banquito frente al Parque Cristal. Traté de abrir la boca y tras un sonido doloroso de quebrar de huesos, logré decirme algunas palabras, con pausa, bajito... pero que no me calmaron ni un poco.

Dientes derechos

Durante mucho tiempo jugué a borrarme como entidad y así hubiera seguido si no hubiese tenido que enfrentar uno de mis peores miedos. Tras cuatro años de citas postergadas, control férreo de la mordida, interminables juegos de cepillos dentales y adminículos para llevar; ligas, apretones, dolor y mucha sensibilidad, estrené hace tres semanas una sonrisa sin obstáculos. Aún tengo la mordida ladeada, debo utilizar un aparato correctivo que buscará elevar el peso de mis molares, abrir la llave de oclusión, jugar a la simetría de la mordida. Sigo sin reconocerme.

Río. Sonora, impacable, altisonante, seguida y frecuentemente. Mi amargura se diluye ante la vida; bien sean los frecuentes hallazgos en Internet, en mis lecturas y en las conversaciones que sostengo invariablemente, incluso en clave de monólogo. Aún me cuesta sonreír en las fotografías. Pero lo hago, siempre. Me doy mi tiempo.

Aprendí con terror cómo en Venezuela cualquiera puede embaucarte con el tema de corrección ortodóncica. Vi miles de sonrisas articuladas sobre piezas incrustadas con pega loca sobre el esmalte, por mencionar lo más frecuente. Menos mal que éste no fue mi caso. En Venezuela los aparatos con liguitas de colores son símbolo de estatus. Yo, una vieja con aparatos, nunca fui una excentricidad: era sólo una variante del juego colectivo.
En mi caso aposté por el juego metálico de cajas sin ligas, sin colores ni estridencias.

Colecciono  chistes y comentarios absolutamente bizarros que pudieran hacer sonrojar a cualquier mujer decente. Pero yo era una mujer con aparatos en los dientes.
Descubrí naturalezas humanas pululando en imágenes sugeridas que me resultaron reveladoras.

El mundo puede ser un juego especular
a partir de la verbalización de nuestros defectos.







2013/01/16

Parole tipo underground

Dejé de observar a la gente que hablaba en el metro desde que las miradas de curiosidad se tornaron en advertencias fulminantes dignas de órdenes de alejamiento. El espacio y el aire es escaso. El otro está más cerca de lo que se desea. No hay silencio, orden ni limpieza. El tránsito es un vía crucis inevitable.
En ellos, los otros, brotaba incesante el material del que nutría mis escritos. Nada más cercano para armar personajes, fabular, confabular y mimetizar que aquella sucesión de gestos involuntarios, comentarios predecibles, declaraciones altisonantes y reflejos. Rostros relajados, casi somnolientos.
Ahora, no hay placer en el trayecto. No hay redención en la ciudad del crímen. No hay sosiego. No puedo escuchar las pausas ni atrapar los puntos para rematar las sentencias. Mis silencios están llenos de angustia y miedo. No puedo escribir desde acá. No quiero.
Nombres propios y comunes, política servida con café con leche. Nación zombie, boliburguesa y con soundtrack de cantautores becados. Pseudo revolucionarios versus doñas que existen solo en su imaginación. Miseria, limosna, trapos mojados-recién lavados-que cuelgan de la jardinera de la estación de trenes. No hay paso en el rayado si no hay un semáforo que anuncie con tiempo que hay que detenerse para permitir el paso del otro, pues sí hay un otro, aunque suene invisible.


Imagen: http://escapepipe.blogspot.com/

2012/06/15

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 11




Te lo compro

Con el tiempo, he aprendido a aceptar los cambios. Algunos me toman totalmente desprevenida y otros no hacen más que elegir una forma y desembocarse, a pesar de mis intentos porque las cosas no terminen precipitadas sobre la mesa. Casi siempre los anuncios del universo y provenientes del más allá metafísico se convierten en hechos reales y las sensaciones, pálpitos y premoniciones son correctas. Umjú.
En fin, la palabra "paciencia" apareció durante el primer semestre como étymon ineludible. Yo, siempre acelerada, soy la persona más impaciente que conozco. Al  precipitar las acciones, más de una vez me he ido de boca por el precipicio. No escucho consejos. Soy tan terca, que he anunciado más de una vez que "podré con esa persona imposible con la que nadie quiere trabajar" y termino involucrada en una novela de Telemundo en la que el epílogo reza "I Told ya". Soy así, como podría cantar con su débil hilo de voz Calamaro.
Hace un mes me tocó la cola-atasco más jevi de mi vida. La avenida Baralt nunca se me había tornado más funesta que aquella media mañana aderezada con las risas de FullChola y colores fundidos bajo el sol más inclemente anclado en el centro de la ciudad. Sin poder aislarme en mi iPod-iPhone-iVida, sin poder leer, sin nada más que rendirse ante la inercia que supone estar atascada. 
En esos momentos siempre vuelvo a preguntarme y a responderme porqué no tengo -nuevamente- carro; porque no planifico mejor mis citas, porque no le pido la cola a mi esposo para resolver los trámites domésticos o porque no habrá un bendito corredor natural en el que puedas ir caminando por toda la ciudad.
Cuando mi odio hacia la ciudad alcanza casi el clímax, sube un chico (veinteañero) pulcro, perfumado y con un pequeño bolso ladeado. Ojo, no tengo buenas referencias de chicos con bolsos ladeados, si a los escapes de robos por puesto me refiero. No obstante, y muy a pesar de mis miedos, el chico no avanza a cazar un asiento, más bien se enmarca entre el cortinaje que no deja ver al conductor y comienza a recitar un brief sobre bolígrafos.
Una presentación impecable. No puedo dejar de pensar en una de mis ex jefas, clasista hasta el tuétano, que hablaba mal de todo el mundo, (todo el tiempo) especialmente de todo aquel que pensara, opinara o sintiera distinto de ella o de sus prácticas de mercadeo. La imagino vomitando, exaltada, hablando de sus glorias pasadas.
Completamente fascinada, traté de buscar algún término mal enunciado en la expo camionetica, alguna caída en el discurso o tan siquiera una palabra mal empleada en el contexto. Nada. Todo encajó.Desde el preludio hasta el cierre.
Cuando ya estaba casi convencida de que aquel era un extraordinario caso de publicidad orgánica, el chico en cuestión recitó el speech de la marca y sacó una chupeta con datos de facebook y twitter. Acto seguido, sin solicitar que le compraran nada, prodigó buenas tardes, recibió aplausos y desapareció por la puerta de la camioneta.
Te la compro, mi publicista guerrillero favorito. Clap, clap, clap.




2012/01/11

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 10


Escrúpulos de asfalto

Sí. La foto está al revés. 
Café. Cámara. Acción.
En la camionetica suena Fernandito Villalona. Solo falta un cuento de Junot Díaz para un momento perfecto.

Cierro los ojos. El sol, en los días tempranos de diciembre, carece de brillo. Durante las jornadas de fiesta lloverá y se armarán festines inverosímiles sobre aceras infestadas de heces perrunas y orine de gatos made in Los Palos Grandes. Habrá accidentes, tragedias y luto gracias a la falta de mantenimiento de las vías. Mientras tanto, la agenda local festiva se cumplirá impasible, atendiendo a los propósitos personales y electorales. 
En Arábica  hay zancudos dignos de remakes de películas vampirescas fútiles. Cuando un autor, un amigo querido -librero, generalmente- o un entusiasta promotor cultural me cita allí, sé que debo armarme con las botas-altas- colombianas, jeans de invierno, las chaquetas pesadas y con todos los atuendos que reservo tradicionalmente para viajar. No obstante, sé que la vestimenta fuera de lugar me escudará de esos,  los zancudos vampirescos que acechan bajo las mesas de metal dispuestas para el café tardío. 
Hoy, el cielo luce azul. Mientras tomo mi café, recuerdo cuando te invité a venir conmigo a trabajar en aquella pulpería de tercera. Nos reímos, sin dientes, ni orgullo. No importó nada. Te conté de la miopía de la gerencia, de aquella necesidad patológica de aprobación personal que debíamos sortear y también del peligro que asomaba tu temprana propensión a nombrarlo todo a partir de ti, como si fueses el ombligo del universo. Te referí, con horror, de como no había interlocutores en aquella máquina horrible digna de lugar común de Burton, dentada, siniestra y sin lectores. Te reíste, pero prometiste que la amistad nos salvaría de los favores, del quince y último, del llevarse por delante a los amigos que nos acompañan en la comparsa a punta de trompetas de Kusturica rumbo al desolladero, porque los amigos, los amigos son primero. Me lo prometiste, y te creí, como quien cree en esos amigos, en Santa y en los raspados de colita. 
Ahora, el café de Arábica sabe a redención, a peso muerto que quedó en el camino. Te extraño, pero no te sufro. Te quiero, como quien quiere a una lejana conocida hipster que finalmente cumplió su deseo de ir a vivir a Barcelona ¿Ella? Ella se fue a escribir en revistas que interpretan fenómenos a partir de círculos amistosos con una edición modernísima en círculos concéntricos...

Cierro los ojos. No sé picar el ojo. Me río. Puedo contar en mi biografía que nunca aprendí a hacerlo y que no me hizo falta. 

2011/09/07

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 9

Catársis 3.0

Nuestra agente 100% confiable encontró un paquete de viaje que no pudo rechazar y compró, sin reservación previa, un pasaje de ida sin retorno. En este punto de la historia he despedido a familiares cercanos, a tantos panas y conocidos, que aceptar la ausencia de la súper agente pasó, lo admito, casi desapercibida.
Eso hasta que me tocó comprar un boleto.
Caracas es una ruta de aventura cambiante y telúrica que te amenaza con sus referentes carcelarios de abandono. Por ejemplo, si sales de la zona metropolitana, te encuentras en plena autopista con un edificio que parece sacado de La tierra sin humanos y que ostenta un aviso de Iberia carcomido. Si caminas por la única pseudo-ruta peatonal decente que luce la ciudad (Chacao-Parque del Este), un letrero de Mexicana  corona un espacio traslúcido y vacío.
Tengo que ir a Copa Airlines... susurro, ¿aún existe?
Me perderé en el Lido, lo sé de antemano. Confirmo, antes de salir de mi casa, que tengo chocolates, mi abánico, un libro y una revista. 
Cuando camino hasta la calle que me guiará a la avenida, y luego hasta la camionetica que requiero, el sol me atraviesa impasible con sus rayos premediodía, mis ojos míopes arden heridos como vampirijilla y lamento no haber recogido mi cabello. No obstante, lo peor sucederá cuando palpe, sin querer, a mi chocolate con pistacho vencido ante el influjo de su naturaleza calórica.
Para trasladarse al Centro Comercial Lido desde Los Palos Grandes, hay que apearse en una camionetica que vaya a Chacaíto. Si por error -o desesperación- te aferras a una que circule por la Libertador, prepárate a sufrir de vértigo irreductible, a apretujarte como una sardina que no sabrá en qué escalera tiene que bajarse para retomar su trayecto. Cuando menos lo esperes, estarás (dos horas más tarde) en estado de pánico frente a la oficina de correos que precede al puente Llaguno; todo ese paquete sin poder subir al metro y obligado a recurrir a la Avenida Lecuna para aferrarte a lo que sea que te pueda regresar al punto del GPS en el que te desubicaste.
Listo. De vuelta a la travesía. Con calor y medio cegata, hago señas al conductor para que pueda acercarse a la parada. A unos 50 metros, una señora de la tercera edad (cercana  peligrosamente a la cuarta), se lanza a la calle y trata de subirse. El conductor la ignora y se detiene justo frente a mí. Espero que la señora emprenda su ascenso y la sigo. El conductor abandona su puesto y se acerca a la doñita que, cansada, trata de sentarse en el primer puesto que consigue. 
El chofer la ayuda a acomodarse. Acto seguido, comienza sin preámbulo la catársis más estridente que haya presenciado en mi vida. Los gritos que fluyen a borbotones de la boca del chofer me taladran los tímpanos. "Por tres bolívares" es la frase con la que arranca la parranda de regaños, reflexiones, moralejas sin fábulas de animalitos, ironías y casos de la vida real. "¿Y usted no me entendió, verdad?", amenaza con ser la cláusula-grito de cierre. "Si, mijo, perdone", le ruega la señora. No hay diálogo posible. La letanía se repite y yo estoy a punto de convertirme en plañidera con tal de que se acaben los gritos sazonados con sol, cornetas, insultos y calor del espacio exterior.
Por tres bolívares no puede exponerse, señora, a que un motorizado se la lleve por el medio porque piensa que yo la voy a dejar en la parada entonces usté me echa tremenda vaina por que es por mi culpa si le pasa algo y yo voy preso y me jode un pran y quién mantiene a mis muchachos que no tienen la culpa de que una señora inconsciente no espere a que se pare la camioneta porque se echa a correr por la calle y por qué usté anda sola por la calle dónde están los irresponsables de sus hijos que la dejan sola en Caracas donde roban y matan a todo el mundo...
Con calor, medio cegata y con dolor de cabeza, salto de la camioneta y me voy caminando, con paso desesperado, por las quinientas cuadras que me separan de Copa. El Lido me parece un oasis. Me pierdo y pienso que aquellas deben ser las vitrinas más feas del mundo. Decido, con la resignación que vibra en el aire,  regalarme un té frío que me devuelva la compostura y las ganas de comprar un boleto que me traiga de regreso al país que habitaba y que no aparece en el mapa.







2011/08/26

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 8


Blindado a paso de vencedores

Es nuestro turno de avanzar por el extenso rayado que brinda la posibilidad de guiñarle un ojo al Ávila que luce majestuoso bajo el sol y el cielo despejado. En el segundo cinco del hombre verde que camina en el semáforo electrónico,  una moto reloaded frena de golpe cortando el paso de los peatones que me preceden; un camión blindado que transporta valores, demasiado cerca, no tiene espacio -ni tiempo- para maniobras. Justo detrás de la mole frena una camioneta. Los pasajeros se balancean y el vidrio frontal, el parabrisas completo, con sus avisos y santos, calcomanías y paños de dibujos animados, zapatitos de bebé y peluches, con la mirada de desconcierto del chofer que no sabe a quién echarle la culpa; todo el vidrio se desprende con sus dimensiones panorámicas y estalla en miles de añicos contra el suelo.
El motorizado, colérico, insulta a todos, vuelve a su transporte intacto y arranca. 
El chofer de la camioneta se lleva las manos a la cabeza. Los pasajeros voltean a todos los lados, se preguntan y responden al mismo tiempo, gruñen y gritan en diálogos sordos e inconexos.
En el blindado no pasa nada, nadie se asoma o se pronuncia. Sortea el camino de piedras de vidrio, la estela de avisos y zapatitos de bebés y arranca con grandes ruidos acelerados, como si se una escena de escape se tratara.
Se tranca la Francisco de Miranda, se confunden los semáforos, se paran los curiosos. El caos retoma su lugar privilegiado en la ciudad.






2011/06/15

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 7



Que Dios te dé el doble

Los síntomas de la crisis, me digo con la frente arrugada frente al rayo de  luz que baña indecente a la ventana desprovista de papel ahumado. La crisis, el país, la identidad. "Esto no es un país, esto es un clima" sentenció ayer  sabiamente Héctor mientras me mostraba una imagen donde aparecía un ángel.
Los síntomas de la crisis... a ver, pero es que esta crisis ya está más que diagnosticada y prescrita. Me fastidia hasta el tuétano seguir dándole vueltas a este tema omnipresente en mi Timeline vital. Crisis de identidad en un país donde la seguridad no existe ni en nuestro espacio doméstico. "Me quiero ir de aquí" asomó mi chamo al regresar de su reciente viaje por su cumpleaños. A su edad, en mi imaginario jamás existió la posibilidad de pensar en otro país como residencia, es más, creo que ni siquiera pensaba en país como noción más allá del contexto académico y de efemérides que pudiera recordar. El exilio, la crisis, la identidad, la posibilidad...

Las hojas, la carpeta, la pega de barrita... Auch, el portaminas. Sabía que había olvidado algo de última hora en el resumen de materiales escolares que necesita reponer  Sebas. Me espabilo, y se filtra la voz de una señora que está sentada más atrás  y discute por teléfono con quien pareciera ser su hija. Habla tan alto que no es difícil enterarse de la telenovela móvil vespertina y el resumen de la etapa culminante. Ella, la voz cuya cara no veremos en este capítulo, ha descubierto al padre de sus hijos encariñado con una $%&/$· (adjetivos altisonantes) en un cafetín. (Detallazo la locación escogida, además) "¿Qué?, ¿que los encontraste besándose?" La señora se encarga de repetir cada frase como si de subtítulos se tratara aquello. Básicamente le exige que se calle la boca, que no diga nada,  que ella ya sabía que eso iba a pasar y que ahora piensen en lo que tienen que hacer. 
 "No le puedes contar esto a nadie", espeta la mamá que ahora convertida en directora y actriz principal del entuerto. "Si él no te quisiera, ya se habría ido con cualquiera". Plop. Aquello era la receta para un perfecto desastre, como el argumento surrealista de una novela mayamera, ni más ni menos. 
"Por eso es que estamos como estamos", comenta una doñita en el asiento a mi lado, esperando quizá mi dictamen al respecto. Seguramente ella le habla al televisor mientras ve la novela estelar (e insulta a Federico Alberto cuando se va con Chiquinquirá y no con Yuritza). La miro y levanto los hombros; ese gesto me ha salvado la vida muchas veces. Mientras tanto, la señora del 0800-DESASTRE afina el plan de acción y ultima detalles sobre cómo la susodicha va a recuperar al amante distraído por los efluvios de la bicha esa que atenta contra la unidad familiar. "Ella es solo una coincidencia" dice con el mismo tono, intensidad y contexto de "Ella es solo una circunstancia". Me siento culpable, pero me río y me siento culpable. 
Qué guapo el tipo. Atendido al doble y con el esmero de las partes, pienso. Un final feliz para el sujeto de los afectos desmedidos. Bien. Más gritos para reiterarle que no llore y hasta la promesa de montarle un trabajo, otro muchacho, tres barrigas, cualquier cosa que lo amarre. La madre se levanta y entre murmullos incomprensibles se baja de la camioneta. 

La señora a mi lado, molesta, me dice "Es como con Chávez". No señora, no lo haga, le ruego con los ojos. No meta a Chávez también en esto. Es tarde. Muy tarde. No puedo levantar los hombros para salvarme. Miro hacia la ventana y pienso, a tres cuadras para bajarme, que hay gente que conozco que critica con vehemencia a Chávez, y tildan de marginales, tierrúos, monos y arrastrados a quienes les rodean, si son jefes tratan mal y groseramente a sus empleados, o se burlan de sus socios y colegas, si tienen pareja hablan mal de la víctima (delante de quien sea) y lo que es peor, creen que los errores siempre son de los demás. Por lo general son infelices y amargados, aunque se refieran a sí mismos como manantiales de experiencia, bondad y felicidad, e incurren en acciones tan bajas y destructivas como las que le endilgan al que te conté. Cuando una persona utiliza la critica hacia Chávez para sacar a relucir sus altas dosis de odio y resentimiento, y se refiere a los demás con esas mismas palabras del presi, cargadas de rabia y frustración, quisiera regalarles un espejo. 

Últimadamente, chica. Sí, señora. Por eso estamos como estamos. 





2011/03/31

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 5

Yo lo que te tengo es filo

Frente a la aparición de los nuevos vocablos, su posible difusión y frecuencia de uso se enfrenta, entre otras muchas circunstancias, a ese banco lingüístico inconmensurable impreso en el ADN y a esas recias convicciones de lo que pensamos (o decretamos tozudamente) debería ser el habla, o los modales y las formas. Hay palabras de moda, discursos aprendidos y otros que funcionan como etiquetas protocolares, nos gusten o no. 

Mi adorado profesor Edgar del Valle Colmenares me mal acostumbró a fijarme en las palabras y los recursos que poseemos los hablantes para comunicarnos con los demás. Soy una fastidiosa que busca campos polisémicos, y lexías y frases y reiteraciones y frases broche y quién sabe cuántas cosas más en las palabras de la gente. No puedo evitarlo. Es una aceptadísima deformación profesional. Y cuando me preguntan, digo que sí, que somos lo que sale por nuestra boca.

Ayer fue un día particular en mi rutina transportística. No había música de fondo en la camioneta, atribuido creo que a la edad del conductor, un señor moreno, mayor, serio y cuya voz no escuché durante mi permanencia. Con ese clima ideal, aproveché para leer un par de páginas que se me han vuelto crípticas ahora, casi finalizando una tarea de edición. Fueron cinco minutos gloriosos de atención, tomando en cuenta que si deseas borrar el contexto en el que te encuentras -y lo logras- es una victoria de transeúnte caraqueña que no tiene precio. 

Pero todo terminó cuando se atracaron al autobús algunos adolescentes de bachillerato, con sus celulares en modo MUSIC ON compartida  obligatoriamente. Ni modus, ahí me tocó guardar mis papelitos y comenzar a mirar por la ventana. ¿Y qué pasó con el uso de los audífonos? pienso de tanto en tanto, hasta que un par de personajes se suben a la camioneta. 

-"Buenos días, señores pasajeros, que Dios los ilumine y los lleve con bien a su trabajo o a dónde vayan- recita el más bajo del dúo. Lleva un chaleco y camisa doblada en los codos. Se adelanta a la reacción de hastío repetido de los presentes y advierte: -Yo sé que ustedes dirán que estos ya me van a pedir plata para un carajito y tal, pero no, nosotros venimos por otra razón..." Eso es verdad, me digo. En estos días me han pedido en reiteradas y groseras ocasiones dinero para niños y niñas fallecidas en el hospital El Llanito: la misma historia con final predecible donde hay un niño/niña para el/la que se necesita dinero y costear el sepulcro. 

No doy dinero a los indigentes, aunque sean niños (bueno, trato, en realidad no puedo dejar de hacerlo la mayoría de las veces) esta realidad pluridimensional ha costado discusiones y enfrentamientos, por ejemplo, en alguno de los talleres para padres y educadores que he hecho en mi vida. Los niños no pueden resultarme ajenos, pero tampoco es justo estimular este hábito. Aunque tengan a un adulto irresponsable al lado esperando a que le entreguen el dinero, los niños de la calle me arrugan el alma. 

Despabilo. Miro de nuevo al dúo dinámico ¿Será que nos van a robar? Calculo el valor afectivo de las cositas que llevo conmigo. Ouch, siento mariposas en el estómago...

-"Ustedes pensarán que qué chimbo estos jóvenes que andan así pues, en situación de calle, en la mendingancia, pero es que bueno, aquí no le vamos a caer a charlas, nosotros lo que tenemos es filo, y por eso es que solicitamos lo que ustedes nos quieran dar, una moneda, un cesta ticket arrugado, un ticket del metro..."

Qué descaro. Me descubro pensando como doña, y no me da pena. Muy al contrario;  no quiero evitar sentir rechazo hacia el par de peluchitos. Me imagino que hasta tendrán hijos que estarán a la "buena de Dios" (o a la muy mala). Escucho los comentarios de los adolescentes. Algunos se burlan, otros se preguntan qué es "filo". No puedo evitar sonreír. "Hambre" le respondo al que está más cerca. Y ellos comienzan a reír con ganas.

 -"Mi compañero aquí presente pasará por sus puestos a recoger lo que ustedes quieran darnos de corazón". De corazón, que lo único que me provocaba era decirle cuatro cosas al par de manganzones que sin disimular su aliento trasnochado, ni sus gestos involuntarios, quieren que le paguemos el vicio, como sentenció sabiamente una señora a mi lado. Hay reticencia, pocos se atreven a tenderle la mano con dinero.

-Acabamos de salir de la cárcel por homicidio- remata amenazante el bajito del chaleco desteñido. Quizás se molestó por la falta de empatía con el público al que pensaba embaucar. Prefiere el susto final, la advertencia de tráiler próximo al estreno: "Nos vemos, que pasen buenos días".

Ni de vaina, ojalá no te vea más nunca.Con filo, o sin filo. Amén. 

2011/03/18

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 4


Desde mi ventana

Mi jefa me comenta, convencida, que el problema no es tener un hijo, sino en quién vas a confiar su cuidado una vez que te toque volver a tu trabajo. Porque esto de ser una mujer yo-puedo-con-todo acarrea el disponer de un equipo multidisciplinario que te ayude en la crianza de los niños, of course. Debes formar una nueva familia nuclear: Tu compañero (en el mejor de los casos), una abuela de esas entregadas y con buen humor, la tía divertida, los tíos incondicionales, la guardería o la nana. Luego, la pediatra, el terapista, la maestra de ballet, el entrenador de fútbol, la cuentacuentos, las mamis letreras, el profesor de natación, el maestro de música y el Wii como parientes relacionados, por citar sólo a algunos miembros.

Ayuda. Mucha ayuda. Jugar a la autosuficiencia es tan cursi y demode. Recuerdo una vez, en medio de un despecho horrible (y tan superficial, en retrospectiva)  por allá en mis días de pregrado, que una de mis madres postizas, Marielena, me consolaba diciendo no perdiera mi tiempo en llorar y que guardara esas lágrimas para el día en que no consiguiera una señora que pudiera ayudarme en la casa. Oh, ¡cuánta sabiduría materna!

Con Sebas pude disfrutar de una flexibilidad laboral que me permitió aprovechar su compañía. Con la gordita también, a pesar de mi incremento tareístico y académico. A los 3 años de edad mi muchachito entró al primer cole, en el que estuvo sólo un trimestre, pues conseguimos uno más lindo ese mismo año, con comedor (y maestras conocidas de mi mamá que me lo pudieran cuidar reloaded) El flaco y yo lo buscábamos al colegio (tan chiquitito, en el primer nivel del preescolar, Awwww). Comíamos helados, caminábamos... ¡Toda una aventura!

Un día, en el trayecto de vuelta a casa, Sebas y yo (en modo dúo, sin carro) subimos a una camioneta de la ruta Chacao-Los Ruices, de esas que bordean toda la Francisco de Miranda. A él le emocionó sentarse en un puesto que ostentaba un ventanal (inmenso, en proporción a su estatura) y lo mejor de todo, bajo, basicamente cómodo y panorámico. Sebas, siempre callado, tranquilo, se sentó y comenzó a registrarlo todo, a mirar simultáneamente todo lo que dejaba captar aquel portal. Al pasar frente al Parque Cristal, esa mole cuadrada de vidrio que marca el fin del municipio Chacao, exclamó: ¡Mamá!, ¡ese edificio está roto!

Me temía un efecto sonoro colectivo como el de las risas grabadas de la televisión. Pero no, algunos suspiros maternales y una que otra risita (de esas que preceden a las explicaciones en voz alta de parte de quien las exhibe, en franco monólogo de justificación innecesaria) hicieron que pudiera retratar la carita iluminada de Sebas esperando una explicación acorde a aquella cosa terrible. 

Hoy, después de los 13 segundos disponibles para catar el cielo y la silueta del Ávila, en el minuto 20 de mi recorrido quedamos atrapados en la cola de espera del cambio de semáforo. En esta sesión, el colectivo chilló rabiosamente a Karina. Desde mi ventana... lo que me llevó por segundos a preguntarme (sin recordarlo) en qué año fue que tuvimos que ver a Karina teloneando a Hombres G,  y cómo me emocioné como una quinceañera ochentosa cuando uno de mis panas del alma (del tuétano) me contó que iba a trabajar en un proyecto teatral con ella, la mismísima Karina en persona. Antes de seguir enumerando lastimosamente más imágenes como estas, miré por la ventana para escapar de tanta nota inalcanzable, de tanto aullido a media mañana, de analizar la tendencia inevitable que observo en algunos de los conductores de camioneticas de la ruta diaria que insisten en escuchar baladas de los ochenta (los CD completos, ¡válgame!) y a todo pulmón. 
Sonreí. Allí estaba, capturando nubes y luces, el edificio roto de mi Sebas, declarado patrimonio en sus ojitos limpios de niño de tres años y medio. 

2011/03/04

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 3

Watatina


Fue en uno de estos viajes en transporte público en que me descubrí tarareando "Bonita" de Tintan. Anoté el nombre de la canción en mi libreta amada de turno, una Moleskine plateada que me regaló Cyn, y al llegar a la ofi la busqué el tema en Youtube. Lo siguiente fue echar mano del archivo musical  infinito del flaco y descubrir no sólo todas las canciones de uno de mis iconos favoritos del cine clásico e infantil, sino que además me hice del tributo que Caifanes, Natalia Lafourcade y Jaguares -entre otros- le dedicaran al célebre Pachuco en 2006.




Con el rey del Tibiri he intentado armarme de valor cuando me toca sobrevivir a las ocasiones en que el tránsito intransitable insiste en cerrar el acceso hacia Los Ruices o impide  seguir sin mayores sorpresas por la Rómulo Gallegos. Más de las veces, la camionetica  se detiene frente a los chicos que se atraviesan para entrar al Millenium Mall o cuando nadie le para al semáforo. Claro, el sonido ayuda a sobrellevar el desorden, aunque no se repita la atmósfera del scratch inconfundible del radio AM que refiero al principio y que me envolvió a tal punto de ponerme a cantar. Algunos de sus temas, como "Cantando en el baño" con su desparpajo y ritmo arrabalero, me seduce y acompaña, a pesar del sonido comprimido y los audífonos como muro de protección simbólico frente a tanto caos vehicular y peatonal. 

Cantar a Tintan me devuelve a ratos por las calles chilangas del DF, por el Zócalo y el Café de Tacuba, por mi amado Bar Tenampa y la plaza Garibaldi. También me recuerda a los Gatos-jazz, a Balú y a cantar sobre la búsqueda de lo  esencial. Ahora, cuando veo Los Aristogatos o El Libro de la Selva, puedo rememorar ese extraño privilegio del que gozamos los niños que pudimos ser recreados con voces como ésta. No se imaginan cuánto me alegra que mis chiquitos también puedan disfrutarlo.

Confieso que tengo un archivo de rancheras en mi iPod. Allí están muchos cantantes mexicanos, pero también españoles, como Bunbury o Carlos Ann. Un día, alguien se asustará ante alguno de mis aullidos cantando "El Jinete"... lo sé. Hoy, por ejemplo, no tuve tiempo de armarme de valor y enchufarme a mi iPod encubierto, y sufrí horrores con canciones interminables de vallenato coreadas por chicos de secundaria que ocupaban todos los asientos traseros del autobús. Cuando la cola amenzaba con convertirse en eterna, y mis oídos habían colapsado,  ya había comenzado a detectar algunas palabras que se repetían como letanías. Finalmente, casi pierdo mi parada anotando campos semánticos sobre las mujeres y el amor en el vallenato. "Eres mi mami", se quedó en mi mente un buen rato. Qué fuerte. 


2011/02/25

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 2


Zoológico-Bellas Artes

Hoy he caminado por las calles donde vive mi hermana exiliada. He visto su edificio y hasta me ha llevado de la mano a las tiendas más cercanas. 
Ella y Él, -Ellos- se acostumbran al paseo diario sobre aceras para caminantes, turistas y lugareños. No importa que sea verano, invierno o que haya fiestas en la plaza más famosa de la ciudad; aquel lugar no deja de ser amable ni cómodo. Yo, prefiero callar mis experiencias sobre el tour en calles donde hay demasiados perros y basura, sin dejar de insistirles, claro está,  en que cada vez que  sientan nostalgia, piensen en lo jodidos que estamos en este país. 
Nos encontramos también  al día siguiente (sin planearlo) y los refugiados por la gripe pudimos volver a hablar, esta vez con Webcam por medio. "Venga, que les enseño el piso" anuncian, mientras ya me huelo que a Ella, la venezolana exiliada, se le está difuminando el acento. "Mira lo que hice en el cuarto de los niños", anuncio mientras nos movemos todos con laptop en mano. Andrea les muestra la lengua, les dice que le gusta Bunbury, canta "Los pollitos" y sentencia que las Barbies son fedas. Sebas enseña orgulloso su franela del FC Barcelona, sus instrumentos, sus juegos. La pantalla es un collage de sentimientos, de actualización compulsiva con palabras entrecortadas y anécdotas de  inventario reciente.
Más tarde, (con gripe, igual) traté de recordar los días en que ella era la más pequeña de mis hermanas, a la que le compraba los CD de Nirvana, a la que tenía que llevar al médico o un domingo a la Plaza de los Museos. Entonces encontré a nuestro protosistema de transporte seguro y liviano. Sin amortiguadores, con sillas naranja y vidrios vibrantes. De Zoológico a la City, y viceversa.

Imagen: Autobús línea Autobuses de Antímano. Ruta Zoológico-Parque Central

2011/02/18

Cuentos de Camionetica

Prolegómeno para mis historias 

No, no tengo carro. Tuve, lo viví y lo sufrí. A veces me hace falta, por supuesto. A veces doy gracias al cielo no tenerlo. 
Sí, en mi casa hay uno. Pero no es un carro, es otro miembro de la familia. Podría hacer una novela con los argumentos del flaco acerca de sus negativas ante parqueros y valet parking. Mi estatus con respecto a este  bebé Herbie de la casa es algo así como un dalero en una calle de Chacao. 

Detesto al Metro Actual de Caracas. Viví el metro amable, limpio y de grandes distancias, yo, aquella chiquita-estudiante alojada en el Extremo Lejano Oeste de la ciudad.  Mis últimas experiencias de traslado subterráneo fueron de terror, literalmente. No fui más. Cada vez que escucho a cercanos contarme de los vendedores ambulantes o las paradas sin aire en medio de dos estaciones, sufro horrores. Paso, gracias. 

Durante 2010 me hice de la ruta al trabajo un paseo a pie. Mis caderas lo agradecieron, y hasta me sentí en algún momento un  paladín de la necesaria justicia peatonal. Con el cambio reciente de trabajo vino la necesidad de "saltarse" unas cuadras que desprecian a los transeúntes e implican más que un acto de obstinada recreación, un riesgo vital permanente. Lo siento caderas, pero nuestra seguridad es primero.

Soy una observadora obstinada. Cada mañana veo el Ávila, reviso la galería en que se ha convertido la calle en la que vivo y me subo a una camioneta. 
Es inevitable ver y escuchar, aunque ande armada con el periódico o con un libro, con el iPhone escondido en modo iPod o en duermevela. Ahora, me armo de una agenda que repasa ciertos puntos básicos, que me imagino que se ampliarán en cada uno de mis viajes. 



Cuento de Camionetica 1

Qué linda es Venezuela
Feliz Viaje

Después de varios días en los que traté de acostumbrarme a utilizar transporte público en estado deplorable, por fin he logrado subirme a una camioneta decente. Me he sentado al lado de un señor amable, con el que  he compartido mi periódico. ¿Me prestas el cuerpo de Deportes? me dice bajito, casi con penita. ¡Claaarooo! suelto yo, que hablo duro, que hago demasiadas muecas y siempre abanico las manos como una aeromoza. Perdone si lo asusté. Lo pensé, pero no lo dije.
Al voltear una página, caigo en cuenta que los asientos están recién forrados y que exhiben en letras capitales "Que (sic) linda es Venezuela Feliz Viaje". Antes de desinflarme y despeñarme pensando en nuestras tragedias locales, aquello me dio ánimo durante un nanosegundo. Subo la mirada. La paleta verde grama que sirve de hilo conductor desde los asientos, arma cortinas y el  telón de fondo para el conductor. Una casa, me digo. El piso también está limpio, gracias a Dios. Y ahí está. El detalle que faltaba. Rudy La Scala chilla hasta la estridencia absoluta, multiplicado en miles de decibeles violentos que atacan desde las cornetitas que se reparten por toda la superficie. Pienso que será sólo una canción y luego seguiré acompañada de otras voces inscritas en la banda sonora del amor ochentoso, pero no; es el álbum entero. Ay ñomío.
El trayecto de mi casa al trabajo comprende un par de colas breves, para hacer unos 20 minutos en total. Cuando vamos por la mitad ya he escuchado en demasía a Rudy La Scala y su teclado ochentoso. Cuando estoy a punto de bajarme, aquello emula un viaje al campamento: Miii viiida eres túuuuu (sí, aquella de la novela "Cristal") cantan hasta desgañitarse secretarias, estudiantes y obreros calificados todos nosotros, que vamos apretujados en aquel saco color botella. Por favor en la paradaaaa, grito. Nada, era imposible que me oyera. 
Me quedo 20 metros más adelante, con mi vuelto cantado, y pensando seriamente en incorporar  a Camilo Sesto y a Tintan en mi banda sonora.