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2020/10/08

La iluminación celular de Amoda Maa


Ilumínate. Alcanzar la iluminación es cosa de todos los días. 

Amoda Maa, 2018.

Aguilar-Penguin Random House.

Amoda es una maestra espiritual que imparte cursos, retiros, es speaker y autora de varios libros sobre espiritualidad. Ilumínate es, de acuerdo a su oferta de contenido, un libro que lleva al lector a descubrir cómo conseguir despertar, activar la conciencia y encontrar paz en plenitud en "medio de este mundo caótico". Fácil, se lee.

Este es un manual que implica compromiso y concentración, como quien desea comenzar a meditar y no sabe por dónde. Por ello, no es un libro recomendado para no iniciados. Hacia la parte final, desemboca como una montaña rusa, moviendo y agitando todo a su paso. No es casual que los últimos tres tópicos sean el amor, el cuerpo y la abundancia. Muchas veces me he referido a libros que "no te dejan indiferente". Este, te deja de rodillas y sin aliento, pero con esperanzas de levantarse y seguir; eso sí, una vez que aceptamos que duele y ya no sufrimos por eso.

Recomendaría este libro, sin dudar, a quienes están buscando repararse, aceptar el dolor, la soledad o la codependencia amorosa. A quienes buscan iluminar desde la aceptación el camino de su evolución, y reconocieron, aceptaron o comprendieron a sus sombras. El capítulo dedicado a las relaciones, el amor consciente, la pareja iluminada y el corazón roto, es un salvavidas y un bálsamo para el alma, aunque no esté exento de dolor. Insisto, este no es un libro para quien tema mirarse las cicatrices al espejo.

Maa también se basa en el principio de la medicina moderna o nueva medicina de las cuatro dimensiones del ser y la visión holística del cambio. Desde la aceptación de la realidad, hasta la atención del cuerpo, este es un viaje que va desde el Universo hasta el microbioma celular humano; desde nuestros pensamientos extraviados hasta el foco que descansa en el vaivén de la respiración. "Literalmente", -recuerda oportunamente la autora- "estamos hechos de luz". 


Dakmar Hernández. 2020.



2020/09/27

Otoño en Nueva York, el amor y la travesía hollywoodense de Linda Lovejoy



Central Park, los árboles amarillentos y las hojas que cubren el suelo son parte del patrimonio del imaginario inconsciente universal para reflejar la llegada de septiembre. No obstante, tampoco soy tan predecible. En mi caso, la imagen del amor, por ejemplo, no es París. El amor, para mí, es el Tartufo que comí en el Bar Tre Scalini en Roma, y cuya experiencia me marcó al punto de no volver a probar otro el resto de mi vida. A eso le llamo "fidelidad de imaginario" a toda prueba.

En Otoño en Nueva York (Chen, 2000) la fórmula era perfecta para retratar al milenio asomándose a la ventana. Ella, joven hasta el absurdo. Él, maduro, famoso y adinerado. Luego, el argumento era tan simple que fue necesario aderezarlo con sufrimiento, enredos de comedia española del Siglo de Oro, entuertos y malentendidos.  Por supuesto que Richard Gere comprará un vestido a la desconocida y la hará sentir princesa por una noche, para deleite y consuelo de sus Julia Roberts repartidas por el mundo. Sin embargo, en esta entrega ella tiene el corazón roto y morirá pronto. Luego, ¿para qué pensar en el futuro? El mañana no existe. 

El remate es predecible. Un último guiño rememora la muerte -abrupta también- de Jenny Cavilleri en un hospital cubierto de nieve, mientras que el adolorido protagonista de la novela más famosa de Erich Segal, lamenta que su amada haya partido tan pronto ¡Y pensar que esa relación marcó a toda una generación de enamorados en los años 70! En Love Story, (Miller, 1970) el amor es un bastión de lucha contra los convencionalismos, inmune ante las disculpas y víctima del tiempo. No hay tanta diferencia entre historias que se cuentan con más de treinta años de distancia.

Todo viaje (psicológico o físico) implica una aventura frente a lo desconocido. Por eso, cuando Linda Lovejoy pisa por primera vez Los Ángeles, sabe que ya no volverá a ser la misma. Ella es esa mujer "inocente" que tiene una banda sonora compuesta por George Gershwin en la cabeza, que sueña con las estrellas del cine clásico norteamericano, que se espanta por momentos frente a la realidad de un escenario que no luce tan mágico ni tan glamoroso como esperaba. Sin embargo, eso no detiene la posibilidad de recrear sus fantasías y vivirlas hasta el aburrimiento. 

En Linda Lovejoy. Aprendiza de diva, la novela que se puede leer en el site de la querida y admirada escritora española Paloma Corredor, la tensión narrativa obliga al desconcertado lector a sentarse a armar las piezas del rompecabezas que le llevará indefectiblemente al despertar del sueño. La escritura de Paloma no solo es diestra: ella sabe que morimos de ganar de saber qué está pasando en realidad. 

Linda Lovejoy es una deliciosa oportunidad para reír, asombrarse y saborear un poco de glamour decadente en un mundo azotado por la hiper corrección y las falsas apariencias. Al final, todas nos caemos y cuando nos convencemos de que nadie más podrá auxiliarnos, no nos queda otra que levantarnos y sacudirnos la tierrita... ¿O no?


Dakmar Hernández. 2020.

2020/09/09

Secuestro emocional: Las huellas del maltrato en la edad adulta

El maltrato, en cualquiera de sus formas, imprime huellas y heridas que aunque se conviertan en cicatrices, reciban tratamiento o se ignoren con el paso del tiempo, se hacen visibles en acciones cotidianas y en la estructura de funcionamiento desde el Yo adulto. Más allá de los intentos de sanar las huellas de la infancia, muchas de las decisiones o actitudes que tenemos como "gente grande", puede que estén signadas bajo la sombra de nuestro pasado.

Por una de esas bonitas sincronías del Universo, tuve el placer de conocer a la psicóloga clínica Rosa Chávez. Ella es una de esas mujeres que te mira de forma cálida, te sonríe mientras habla, te reconforta. Tras una breve conversación -me imagino que producto de sus años de experiencia- me regaló uno de sus libros: Los padres malabaristas. 

Antes de comenzar a leer, la busqué en Google. Supe de sus premios, reconocimientos, los estudios que ha realizado en muchísimos campos de terapía holística y su misión de servicio con niñas, niños y mujeres víctima de maltrato. Si bien recibir el libro me dibujó una sonrisa en el rostro, al recordar los años maravillosos que pasé como articulista de la sección "Hijos" de la revista Todo en domingo, del periódico El Nacional (Venezuela); una de las secciones del libro me resonó profundamente: como los hijos de padres abusivos no sabemos cómo imponer límites sanos y criamos a partir de la culpa. Tragué grueso y leí todo el libro de un tirón. 

Recordé a mi ex terapeuta, que es uno de mis mejores amigos, y cómo me ayudó a identificar y tratar de superar mis síntomas de ansiedad. El 2019 fue un año bastante intenso, sin duda. Pero como en todo proceso donde tratas de aliviar los síntomas, la causa de mi enfermedad seguía allí, oculta. No fue hasta este año, -cuando volvieron mis ataques de pánico, producto de una experiencia totalmente aleatoria- que pude evidenciar que mi ansiedad o el insomnio no eran el resultado de mis ejercicios de escritura nocturna, de ver tres o cuatro películas seguidas, de estar pensando en miles de cosas, proyectos y libros como si Ulises viviera en mi lóbulo frontal. Cuando tenía más de un año de estar completamente sobria, de no salir con nadie y de actuar como una quinceañera insegura, hice un curso de codependencia y allí, en medio de uno de los ejercicios de visualización, apareció mi papá. 

Desde que tengo memoria, fabriqué ironías para justificar cuando era la codependiente que ignoraba o la mendiga que suplicaba amor a alguien que apenas conocía. Me mentí, mentí a otros, rogaba por atención o despreciaba con rigor absoluto cualquier muestra de afecto. 

Buscaba a mi papá. Al que no tuve, al que me pegó, abusó, me trató mal durante los primeros quince años de mi vida y se convirtió en la sombra que evité, convoqué, supuse y sufrí durante casi toda mi existencia. No hay antidepresivo que pueda eliminar el secuestro vital que supone que el hombre que más te deba querer en el mundo, te maltrate y te haga sentir que no vales nada. Pero puedes aprender a vivir con eso, y seguir adelante. 

No soy una víctima. Ese papel lo jugué hasta hace poco, cuando creí que no iba a ser capaz de superar esto. Soy una mujer hermosa, inteligente, divertida, con un corazón que posee su propia de red de neuritas sensoriales y que poco a poco, transita el camino de la recuperación. Hace muy poco tiempo, conocí a una persona maravillosa, creativa, amorosa, a la que le dije que no me buscara más después de una semana de aceptar que saliéramos. ¡Tanto desear coincidir con la persona correcta y cuando aparece, sabes que eso no es lo que estás buscando! Como en una película protagonizada por Julia Roberts, este hombre maravilloso me entendió y ahora es uno de mis mejores amigos. Cuando encuentras a alguien que te hace reír hasta llorar, no creo que quieras dejar de estar en contacto, nunca. 

Pedí una cita con Rosa. Ella es experta en heridas y huellas de infancia y no se apoya 100% en la medicación tradicional, aunque sabe que en algunos casos, puede servir de ayuda transitoria. Antes de llegar con ella, tuve una experiencia mística con una chamana, quien también me habló de mi papá y de la culpa y el dolor que me atravesaban mortalmente el corazón. Todas las señales apuntaban a lo mismo. Ya no podía seguir evitando encontrarme de frente con mi mayor temor. Mis hijos están creciendo y ya no necesitan a una madre 100% protectora, requieren de un adulto que los acompañe y los nutra. Los dos son seres dulces, maduros, resueltos. Yo, como afirma el Dr. Jeffrey Thompson, necesito con urgencia  "aprender a bailar con el Universo". 

Los padres malabaristas puede convertirse en una guía útil para resolver las situaciones más comunes en la crianza, pero también aborda de manera amable y muy completa los retos que supone la disciplina en positivo, tener hijos con TDHA, con problemas de adicción, de comportamientos "incontrolables" y mejor aún, funciona como una invitación a revisarnos como padres y entender que no hay nada mejor para un hijo que un padre que invierte tiempo y esfuerzo en su propia sanación. 


Para quienes desean conocer a Rosa, esta es su página. La recomiendo con el cerebro de mi corazón. 



2020/09/03

Latinoamérica es grande: Los Prisioneros y su impacto internacional

Esta semana tuve la oportunidad  -el privilegio, vamos- de formar parte de la primera charla del ciclo de encuentros dedicado a la banda chilena de rock Los Prisioneros, a propósito de la publicación y premiación del libro de Cristóbal González, músico, mánager, escritor y melómano entusiasta recientemente reconocido con el Premio Pulsar a la Mejor Publicación Musical Literaria: Latinoamérica es grande. La ruta internacional de Los Prisioneros. La convocatoria fue gracias a Libros y Bibliotecas, Santiago Ander Editorial y el propio autor. 

En este libro, el autor recoge de manera cuidadosa y con detalles la repercusión e impacto mediático del paso del trío chileno por Latinoamérica. Este es el tercer libro de Cristóbal, y sin duda, el resultado del trabajo y dedicación a rescatar la memoria de uno de los grupos necesarios para entender la música latinoamericana de los años 80 y 90. 

Portada: César Vallejos

González no solo logra reivindicar el éxito y la influencia de la banda más importante del rock de su natal Chile; también enaltece y saca de la sombra a un capitulo de nuestra música  escondido bajo el peso de una de las dictaduras más cruentas y silenciosas de nuestra historia como continente. 

Para quienes vivimos la oportunidad de ver a Los Prisioneros en vivo, la lectura de tantas vivencias sirvieron de puente para erizar la piel, permitir que el imaginario se dejara invadir de anécdotas, compartir puntos de vista, crónicas anónimas, nostalgia y alegría. El encuentro de relevantes personalidades del mundo musical y artístico, del management musical, periodístico y literario al que nos convocó Cristóbal, convirtió este ameno encuentro en una cita inolvidable. 

Como bien señalaba Darcy Ribeiro, los latinoamericanos somos siameses, pero no nos miramos de frente. Nos unen más similitudes que diferencias, sin duda. En al año 91, para mí, una venezolana que cursaba su primer año en la universidad, Chile lucía como un destino lejano, con una situación política imposible de duplicar, con ecos de una situación tan particular como complicada y con todo el peso del silencio propio de una dictadura militar. Serían los discos de Los Prisioneros, Víctor Jara, Violeta Parra, junto con los libros de Isabel Allende, que me abrirían los ojos ante el horror vivido. 

Nueve años después, también Venezuela se sometería al peso de la bota del "gendarme necesario", como señaló una vez Laureano Vallenilla Lanz. Pero esta es otra historia que, a la fecha, no cuenta con rock de protesta; muy al contrario de nuestras más recientes obras literarias, plenas en denuncia frente a una de las "dictaduras democráticas" más longevas de nuestro continente. 

Latinoamérica es grande, nos invita no solo a recorrer nuevamente cada uno de los países que visitó la banda durante su mayor apogeo en la escena; este es un testimonio de quienes fuimos, una vuelta a los escenarios donde podía ocurrir de todo: desde la malcriadez de un cantante que podía torcer el headline de un festival o la lluvia arruinando cualquier intento de corear esa canción tan anhelada. 

Yo volví a mis 18, con mi camisa de cuadros grunge, mis shorts de jeans y botas. Con el pecho cansado de corear a los grandes de ese momento. Feliz de ver a Os Paralamas Do Sucesso, Los Lobos, Los Rodríguez, Soda Stéreo, Sentimiento Muerto, Fito Páez, La Unión, Desorden Público, Miguel Ríos... ¡Los Prisioneros! Después de pasar tres años esperando, desde aquella vez que me sacudió el piso la rabia de un joven, sus letras inteligentes, la desfachatez de quien repetía sin cesar "Maldito sudaca". 

Gracias, mi adorado Cris. 




2020/08/30

Del rechazo al reflejo a ¿por qué no me quieres?

 

                                                                                 Image by Thomas Wolter from Pixabay 

Tuve que pasar 46 años, tres meses y un segundo para que la chamana tocara con su dedo invisible -directamente y sin rodeos- mi herida de infancia. 

Me miró a los ojos.  

No es tu culpa.