2008/04/09

Escribir es más que corregir


Escribir es sobre todo corregir, no creo que se pueda separar una cosa de la otra. […] El escritor debe ser il miglior fabbro, en el sentido en que Eliot usaba esta expresión para hablar de Pound. El mayor artífice, esto es, aquel que conoce mejor la técnica: en este nivel un escritor nunca será suficientemente conciente. Ésta es, sin duda, la lección de Borges: no se pueden prever el destino y la importancia futura de su obra, pero es indudable que su presencia en nuestra literatura ayuda a destruir el mito de la espontaneidad y de la inocencia del escritor.

Ricardo Piglia.

A propósito de un interesantísimo trabajo de edición que realizo actualmente, echo mano a algunos apuntes, ideas y otras hierbas que manejé, entre otros asuntos, para la construcción metodológica del Diccionario usual del editor en Venezuela, DUEV, trabajo de grado (compartido) para optar al título de Lexicógrafa y que apuesta por un corpus lexicográfico editorial de uso venezolano. Creo que cada libro a corregir implica una experiencia absolutamente enriquecedora a nivel metodológico, sin hablar de la afortunada experiencia que significa trabajar con editorazos y editorazas, -si esa es la suerte- o con diletantes que por cosas del destino son responsables de un manuscrito y nos recuerdan justo lo que no debe hacerse. En fin, que sea propicio para el debate.

El editor venezolano

Durante el desarrollo del Taller para editores de la Fundación Bigott, por allá en el 2005, abordamos el tema del editor en Venezuela. Para Miriam Ardizzone, un editor venezolano es un creador, un promotor cultural, un agente comercial, una pieza clave en la línea editorial, un gerente: “un organizador que nunca pierde de vista a sus agentes receptores, los lectores”.

Vale la pregunta: ¿Se reconoce el trabajo del editor en correspondencia con todas estas responsabilidades?

Editar es más que corregir

Al referirnos al proceso de la creación de una obra escrita, asociamos al hecho escritural con un universo de acciones, sentimientos y actitudes. Inspiración, intuición, espontaneidad, fidelidad, arte y originalidad parecieran ser algunos de los valores que atribuimos a la escritura entendida como resultado de un proceso creador, como fase previa y necesaria para la manufactura de una obra literaria, un artículo o un texto publicable.

Documentadas se encuentran experiencias de creación de todo tipo: desde las que resultan de una combinación de contextos y épocas determinadas, hasta las que arrojaron sobre sus autores mitos y etiquetas dada la profundidad de los asuntos o las experiencias tortuosas e interminables de creación y edición. Sin embargo, no aparece en los titulares el proceso de corrección y edición de la obra que llega compaginada hasta nuestras manos, así como tampoco existen las huellas en el perfeccionamiento que tiene que vivir un diamante antes de ser expuesto para su venta.

Tú editas, yo edito…

Ante la aparición de innumerables publicaciones, talleres de formación e iniciativas editoriales, la consolidación de un mercado editorial a nivel mundial que da cuenta de la existencia, permanencia y exigencia de un creciente mercado de lectores y autores, los intentos por abaratar la producción y coste de los libros y la diversificación temática que bien que puede constatarse en los anaqueles y librerías, la edición cobra relevante importancia en el contexto actual como proceso ineludible e indispensable de producción.

Aunque un escritor puede releerse y corregir invariablemente el contenido de su obra antes de pensar en publicarla, necesariamente tendrá que ser asistido por un especialista que pueda guiarlo en el perfeccionamiento de su contenido, y en el cómo desarrollar estrategias para que este manuscrito se convierta en un objeto libro o impreso con óptima calidad que potencialmente pueda ser leído y disfrutado por un número cada vez más creciente de lectores.

Lo que pareciera que no admitir discusiones es la necesidad de “profesionalización” en el campo de la edición, la abolición del mito de quien corrige es en consecuencia editor, por ejemplo; la falsa creencia de que un autor puede autoeditarse o peor aún, que los manuales de estilo son la única respuesta metodológica para enfrentarse o degustar, en el mejor de los casos, un texto.