2014/02/21

En este país, mi país, tu país... Réquiem sonoro para mi Venezuela (I)



Diariamente, aplico "diez segundos para diagnosticar al cerro" mientras cambia el semáforo de la avenida Luis Roche. 
El Ávila luce en ocasiones triste, majestuoso, silente, quemado. Optimista o necesario; recurrente, abusado, irrespetado, reiterativo. Un día es motivo, rabia, hastío, encierro, peligro, seductor a distancia, poema o declaración. Aquí, todos los adjetivos, sentimientos y calificativos son bienvenidos. 
Cuando la inseguridad de la calle me lo permite, ¡hasta fotografío al cerro!  Antes de salir de mi casa abro la cámara del celular  y lo pongo a tiro en mi bolso. Al salir a mi calle, saco el teléfono y  ¡Zas! flashazo- intrépido-anti-motorizados. 

Hoy nos pidieron otra vez en la agencia que regresáramos a casa temprano. El país está fracturado. Vengo de caminar embobada viendo al Ávila durante todo el trayecto. Estos son días que bien habríamos disfrutado en diciembre, que fue en cambio un mes tan frío, nublado y oscuro. 
Ahora vivimos días de cielo azulado y tristes por lo que sucede a ras del suelo. 
Mientras el azul arriba te quema los ojos, las calles se tiñen de rojo sangre.

¿El título de este post? Sí. Es una canción de María Teresa Chacín. Una de esas piezas que  te alborotaba el orgullo y te ponía contento de inmediato (como si eso fuera difícil para nosotros, que sólo con vivir la peor de las desgracias ya estamos listos para estrenar nuestro mejor chiste).  La voz dramática de María Teresa siempre me encantó. Desde las intervenciones maravillosas con el maestro Aldemaro Romero, hasta sus melodías románticas en Sábado Sensacional

Para mí, Venezuela es su música. Ese es mi primer recuerdo de quiénes somos,  mi primer contacto con mi cultura. En casa de mis abuelos, donde crecí, siempre hubo música. Más tarde aprendí lo demás. Centeno Vallenilla, Soto, Cruz, Andrés Bello, Ramos Sucre, Pietri, Salustio, El Chino, Antonieta Madrid... 
Si algo extrañaré de mi país, ese que ya no existe, es su banda sonora orgánica, sus melodías sabrosas y sus voces. En las fiestas siempre se bailaba a Venezuela y se cantaba a Venezuela, al menos para asomar el clímax a punta de tambor y cerrar el bochinche con el "Alma Llanera". 

Desde bien temprano amé cantar y bailar... una vez tuve que teñirme de betún para poder interpretar el canto de faena de "Pilón". Fui feliz. 
Hubo un tiempo en el que mi mamá nos llevó a mi hermana y a mí  hasta la UCV, donde era profesora. Nos dejaba tocar las curvas del Pastor de nubes de Jean Arp y esperó siempre a que corriéramos hasta el cansancio por las rampas del Aula Magna. Loly y yo hicimos clases de cuatro en aulas de la escuela de Educación, hasta que nos rompimos los dedos o ya no hubo profesor, no me acuerdo. Para nosotras no había edificios ni jardines más bonitos en el mundo que aquellos de la ciudad universitaria. 

Pensar en la Venezuela donde crecí duele, aquí y ahora. 
Deseo despedirme del país que conocí. Quiero registrar las voces que me habitan antes de que la memoria responda al desarraigo. 
Canto a esa Venezuela que jamás volverá a ser y que en mi caso, visualizo como una variopinta banda sonora de muchas versiones y entidad multiforme. 

Este es mi playlist de Adiós, mi Venezuela. Son las canciones en esta primera entrega que me recuerdan mi infancia y hasta mi temprana adolescencia. Las que van a ir conmigo siempre.  

Porque no hace falta que me vaya de aquí. Ya soy una extranjera en mi propia tierra. 

El ejercicio es como poner mi iPod primario en aleatorio. Aún presiento una clasificación temporal, incluso en la arbitrariedad. Que lo disfruten.



El twist que no viví, el rock que cantaré siempre 
(Del porqué amo a The Beatles, por ejemplo)

Magia blanca. Trío Venezuela


El último beso. Los 007


Detén la noche. Los 007


Aleluya. Cherry Navarro


Mi limón, mi limonero. Henry Stephen


Tú la vas a perder. Los Darts


Si estás triste. Los Darts


Por qué te vas. Los Supersónicos


El hombre de la cima. Edgar Alexander


El guía. José Luis Rodríguez (sí, "El Puma")

Amor. Spiteri Brothers


De mis afectos. No puedo dejar de colocar aquí la versión de Los Amigos Invisibles y la participación en vivo de Jorge Spiteri, pero el sonido es fatal. Advertidos están.

Las canciones de mi abuela
Mi abuelo siempre escuchó a Carlos Gardel, así que incluiré un par de temas  que ha amado siempre mi abuela y que son bien venezolanos, aunque refieran otras latitudes y otros paisajes sonoros. Reina (sí, es su nombre) fue a muchas fiestas y carnavales con la orquesta liderada por Luis María Frómeta, un dominicano que vivió en Venezuela y que la amó y cantó hasta su muerte.  Una de las dos orquestas más grandes e importantes de mi país. La otra banda  fue "Los Melódicos" que también reproduzco acá.

Aaaaaañoooossss después, tuvimos la oportunidad de ir a unos carnavales con ella y verlos. Fue alucinante... Ni hablar cuando fuimos a ver "Cantando con Billo´s" en el Teatro Nacional, a principios de los noventa. Con la Billo´s resuena gran parte de mi banda sonora navideña, de celebraciones y fiestas.
El otro tema es una versión de Felipe Pirela  de "Sombras nada más" desde lejos, uno de los temas que más quiero en mi mundo sonoro. Pasión pura. 

La versión de Pirela es para quitarse el sombrero.


Qué viva España. Billo´s Caracas Boys


Nuevo circo. Billo´s Caracas Boys


Tabú. Los Melódicos 


Sombras nada más. Felipe Pirela

El disco para las niñas de la casa: A la una. Serenata Guayanesa


Se cantaba en mi casa. Canciones fundamentales para alegrar el alma venezolana

En este país, tu país, mi país. María Teresa Chacín


Con el orgullo aferrado 
a su propia identidad
Tu país eres tú mismo,
 con tu esfuerzo y voluntad
...
Mi país no es un decir, 
es la conciencia de todos
es el quehacer del presente
para forjar el futuro,
y así cultivar la senda
de nuestros libertadores...
En este país, mi país, tu país. 

Moliendo café. Hugo Blanco


Cumbia con arpa. Hugo Blanco




El Catire. Aldemaro Romero con Frank Hernández y orquesta


Tuve el privilegio de entrevistar al maestro. Nos advirtieron que era muy poco probable que nos permitiera más de media hora para hacerle preguntas y tomarle fotos. 
Ese día salimos de su casa siete horas después, abrumados y felices. Nadie dijo que iba a ser fácil, pero tampoco esperábamos compartir confidencias, recuerdos y que nos cantara al piano algunas de sus canciones favoritas. 

La vaca mariposa. El tío Simón Díaz



Notichamo. Contesta por Tío Simón. El tío Simón Díaz


Gracias, tío Simón. Por tanto.

Presagio. Gualberto Ibarreto


María Antonia. Gualberto Ibarreto


Anhelante. Gualberto Ibarreto


Siempre amé la mandolina en este tema. Me emociono tanto al escucharlo. 

La guerra de los Vargas. Unicornio



Canción mansa para un pueblo bravo. Alí Primera


Contar conmigo. Unicornio


Y llegamos a la era dorada del pop en Venezuela (y la balada romántica, of course)

Sálvame. Karina


En un país donde la mayoría de los hijos venimos de hogares de padres divorciados, madres solteras y un largo etcétera de padres ausentes, esta canción fue un éxito inmediato.

A quién. Karina


Nada más poderoso que el primer despecho. Karina fue mi tabla de salvación.


La noche es mágica. Karina


La canción más creepy de mi catálogo preadolescente. Me encantaba Mecano, así que si escuchan atentamente, todo calza a la perfección. Finalmente, este también era el tutorial perfecto para bailar en los ochenta. I love you Karina.

Si tú te vas. Colina

Talentoso con actitud y vida muy muy muy rock n´roll. 

Ganas de llorar. Témpano


Dame solo un minuto. Témpano


Aún paso por tu casa. Fernando y Juan Carlos



Blanco y negro. Elisa Rego


Ni hablar de cuando conocí a Elisa gracias a mi flaco. La besé y la abracé tanto, que debí asustarla.

Para no asustarlos a ustedes, encontré este resumen que contiene a Franco, Rudy La Scala, Kiara, Montaner, y Pentágono, entre otros:



Aquel lugar secreto. Yordano


Química. Frank Quintero con Karina


La canción de mi tío José. La dama de la ciudad. Frank Quintero





Salsa, Latino Pop Bailable y demás especias (por aquí, pase adelante)

Gracias tíos y tías, por enseñarnos a bailar salsa. La salsa brava, la del barrio, la trancada
Bailar siempre me hará feliz. Siempre.

Llorarás. Oscar De León con Vladimir y Albóndiga Monge


Mi bajo y yo. Oscar De León


Esta es una de mis versiones favoritas. Oscar es un duro. Sin duda. 
Este es el gran libro que quise y lamentablemente no pudimos hacer en RHM. Mi deuda editorial.

Mentiras. Sergio Pérez


Tremendo videoclip, tomando en cuenta que fue en 1987...

Mueve un pie. Sergio Pérez


Abran puertas y ventanas,
Que la música nos llama,
Abre el corazón para que puedas escuchar,

Que equivocaciones 
Que ayer fueron callejones,

Hoy son avenidas
Que podemos transitar


Chamo Candela. Daiquirí


Me falta todo. Diveana


Noches de media luna. Diveana



Y llegó Melissa

Melissa, prácticamente, me salvó la vida y me alejó del pop romanticón que se escuchaba a todas horas en mi casa, ganando terreno a los discos de Rock, heavy y blues que tímidamente también se podían escuchar cuando el matriarcado así lo permitía. 
El look de gata rebelde de Melissa sacudió mis cimientos. Su voz grave, las mallas y el cabello suelto me invitó a reencontrarme con mis rulos castaños y a preferir el cabello suelto. En ella, todo era actitud, baile y más actitud. Una cantante pop y romanticona (sí, veo la contradicción) embutida en animal print, botas a lo heavy metal (que maltrataría nuestros ojos a finales de la década) y mucha rebeldía. Las canciones de Melissa competían con mis discos y cassettes de otras heroínas, como Ana Torroja,  Madonna o Cindy Lauper. Era posible ser una rockera caribeña. Poco importaba que ella fuera rubia, rubísima. Era posible. Eso estaba claro.

Generación. Melissa



Y yo no digo que seamos de oro puro
 que no tengamos un lado oscuro,
 pero títeres no somos, eso no...

Somos tú y yo. Generación Halley. Melissa


No soy una señora. Melissa


Una especie en extinción. Melissa


A punto de caramelo. Melissa


Me estoy sintiendo sola. Melissa


Crush pop

Algo hizo click en mi cerebro cuando aparecieron estos chamos con su pinta new wave y sus pantalones rotos. Aquí sonaban grupos de todas partes del mundo, en estos estábamos súper actualizados por ser la puerta de entrada del Sur. Boy Band alternativa, estuvieron en programas alternativos como A Toque, de Érika Tucker. Algo cambiaría (y me salvaría)...

Depende de ti. Wag


Letras. Wag



La revelación: el amor no existe, hay que hacerlo

Cabeza. Sentimiento Muerto



A partir de aquí,  comienza el segundo capítulo de mi réquiem sentido para mi Venezuela. 
(Próxima entrega)






2014/01/06

Jack Kerouac. Belief and Technique for Modern Prose





1. Cuadernos secretos garabateados y salvajes páginas escritas a máquina para tu propia dicha.

2. Obediente a todo, abierto, escuchando.

3. Trata de nunca emborracharte fuera de tu casa.

4. Enamórate de tu propia vida.

5. Algo que sientes encontrará su propia forma.

6. Sé un demente estúpido-santo de la mente.

7. Sopla tan profundo como quieras soplar.

8. Escribe lo que quieras, insondablemente, desde el fondo de la mente.

9. Las visiones inefables del individuo.

10. Sin tiempo para la poesía más que exactamente lo que es.

11. Tics visionarios estremeciéndose en el pecho.

12. Fijación del trance soñando sobre un objeto ante ti.

13. Desaloja inhibiciones literarias, gramáticas y sintácticas.

14. Como Proust, sé un viejo adicto al té del tiempo.

15. Diciendo la verdadera historia del mundo en un monólogo interno.

16. El centro de la joya del interés es el ojo dentro del ojo.

17. Escribe en reminiscencia y asombro por ti mismo.

18. Trabaja desde el néctar del ojo medio afuera, nadando en el mar del lenguaje.

19. Acepta la pérdida para siempre.

20. Cree en el sagrado contorno de la vida.

21. Lucha por trazar el flujo que ya existe intacto en la mente.

22. No pienses en palabras cuando te detengas sino para ver mejor el cuadro.

23. Registra todos los días el día blasonado en tu mañana.

24. Sin miedo o pena en la dignidad de tu experiencia, conocimiento y lenguaje.

25. Escribe para que el mundo lea y vea tus precisas imágenes de él.

26. El libro-película es la película en palabras, la forma visual americana.

27. En homenaje del personaje en la solitaria penumbra inhumana.

28. Componiendo salvaje, indisciplinado, puro, viniendo de abajo, entre más loco mejor.

29. Eres un genio todo el tiempo.

30. Guionista-director de películas terrestres auspiciadas y angeladas en el Cielo.

2013/12/23

Sinestesia o una carta de Henry Miller a Anaïs Nin





Cuando vuelvas voy a ofrecerte una fiesta erótico-literaria, -lo que significa follar y hablar, hablar y follar- y entremedias una botella de Anjou, o un ajenjo con Cassis.
Anaïs, voy a abrirte las ingles. Que Dios me perdone si esta carta la abre alguien por error. No lo puedo evitar. Te quiero. Te amo. Eres para mí alimento y bebida, todo el maldito mecanismo, por así decirlo.
Yacer encima de ti es una cosa, pero acercarse a ti es otra. Me siento cercano a ti, formo parte de ti, eres mía sea o no reconocido.
Ahora cada día que te espero es una tortura. Los cuento lenta, penosamente.
No sé cuando regresarás, ¿el 7 ó el 15? Pero hazlo tan pronto como puedas. Sé generosa, sí, te lo pido. Haz un esfuerzo. Te necesito. Este largo domingo, ¿cómo lo terminaré? (…)
Déjate el cabello suelto, exponlo al sol, que vuelva el color. Te amo como eres. Amo tu espalda, tu dorada palidez, el declive de tus nalgas, tu ardor interior, tus jugos. Anaïs, te amo tanto, ¡tanto! Se me traba la lengua. Incluso estoy lo suficientemente loco para creer que puedes venir a mí de improviso. Estoy aquí sentado escribiéndote con una tremenda erección. Siento tu suave boca cerrándose sobre mí, tu pierna apretándose contra mí, te veo de nuevo aquí en la cocina quitándote el vestido y sentándome encima de mí, y la silla desplazándose por el suelo de la cocina, dando tumbos.
Henry

29 de julio de 1932

2013/12/18

Cuentos de Camionetica

Cuento de Camionetica 12




Estereotipo endógeno

Antes de comenzar a escribir me debato (o me siento obligada por la inercia "situación-país") entre pronunciarme sobre el momento político actual o dedicarme a escribir en mi blog amado, tan personal y querido. 
No es fácil tratar de recrear las ideas cuando la política lo arropa todo y el acontecer diario exige posturas y opiniones tan inmediatas como si de actualizaciones del timeline vital se tratara. Si no dices nada, eres sospechoso. Si por el contrario, hablas todo el día como servidor de noticias, eres sospechoso también... y cansón.
Sí. Estoy cansada, triste, angustiada, preocupada y todo a la vez. Vivo en Venezuela, por si no lo sabían. Vivo pensando en lo que meteré en la maleta cuando se haga inevitable el salir corriendo con mis hijos aferrados a cada mano. Me da miedo pensar en el gentilicio que presuma el ticket de destino. Me paralizo.
En fin.


El día que saquearon Daka, esa ex-sabana infinita de electrodomésticos y pantallas, había decidido apartarme del celular y de los deberes en remoto. Ni idea. No supe nada, hasta que ya era casi de noche. Mientras cocinaba el almuerzo veía la tele y me enteré por casualidad que aquel sábado era la transmisión del Miss Universo. Sin conocer siquiera quién era la representante de Venezuela (lo juro) me senté con una copa de tinto de verano frente al televisor. Me di permiso a la nada. Pensé en aprovechar el vértigo de la factoría digital de las misses para darme la anuencia de seguir estadísticas, seguir el impacto de # y tendencias en redes, vacilarme toda la parafernalia maravillosa de los dimes y diretes de las redes sociales hasta sumergirme en la maraña increíble y simultánea de planos, acciones y encuentros que conviven desde el momento cero de cada día en el que amenazo mi seguridad ocular al deslumbrarme con la luz del móvil. De vez en cuando miraba a la pantalla del concurso en tele y volvía al dispositivo fascinada (y asqueada, por cierto) para degustar la increíble cantidad de mensajes, opiniones y pareceres del mundo ante un espectáculo tan fascinante como superfluo y decadente. Creo que vi palabras asociadas con saqueos, Daka y pantallas planas. Ni caso; que aquello no tenía nada que ver con las misses ni afectaba el sabor de mi sopa.

Somos bellas y no lo sabemos

Que sí. Las venezolanas somos bellas. Al menos, eso es lo que certifican -estadística y rotundamente- algunos estudios sesudos desperdiciados que avalan resultados irrefutables expuestos en certámenes internacionales. Claro está, por ejemplo, que somos pretendidamente bellas hasta para alisarnos el cabello para ir a la playa, tatuarnos las cejas antes de los veinte años, soñar y ahorrar hasta el hambre para comprar tetas y vientres planos.  Las venezolanas nos desvivimos por las combinaciones de color en todo lo que usamos, como si fuéramos protagonistas de "Mi extraña obsesión": uñas con cartera, colitas con camisas, maquillaje con zapatos, rimmel con mechas y pare de contar.
En este país la estética reluce como valor fundamental de la canasta básica. El paraíso está detrás de la búsqueda incesante del "ideal de belleza" que defiende con absoluto descaro el arquitecto de las misses, Osmel Sousa. Que a nadie le sorprenda. El feminismo, el imaginario de la reinvindicación dista de alejarnos del lápiz labial y discutir sobre "lo" femenino no es una de nuestras fortalezas. Rivales, enemigas y enemistadas por naturaleza, eso sí te lo tenemos: Que la Goldman nos parecería añeja, descuidada; y Anaís Nin, una puta malagarrada.
Ojo: basta con revisar estadísticas de operaciones estéticas e índice de muertes por procedimientos fallidos para certificar todo lo anterior. Hagan la tarea.
Nuestra decadencia social se traduce en una búsqueda desaforada de artilugios, de evasiones que transmitan la idea de continuidad en el recipiente más cambiante, por paradoja cárnica.
Las empresas ilegales, sin control y dispuestas a primera mano ofrecen de todo al mejor postor. Hay tetas, nalgas, silicón, grasa, botox, polímeros, lipos y prótesis en apartamentos, anexos, garages, oficinas, baños públicos. Sin condiciones, certificados o recursos. Sin garantías.

En Venezuela hay operaciones estéticas que se programan a la hora del almuerzo.

Recuerdo en una oportunidad que entrevistaba a Hugo Prieto por la publicación de su novela Vivir en vano. Hacía una nota para la revista Contrabando y me encontré con el autor en un café de Los Palos Grandes. Prieto se refería a nuestra realidad social con adjetivos duros y certeros. “Los símbolos más característicos de nuestra pobreza ambulante son los mototaxis, las tetas postizas como símbolos de la pobre autoestima de nuestras mujeres que también le han cambiado la faz a la ciudad; esa imagen prostituida de tetas corrompidas por la intromisión de la silicona son una afrenta a la belleza natural".


Me da pena
Para mí, la belleza es, ante todo, inteligencia. El conocimiento reluce seductor por naturaleza. Por ello, ser fea  e inteligente (intensa, complicada, rebuscada, aburrida, un ratón de biblioteca) en un país de misses fue un acto revelador y terrible. No en vano, aprendí a avergonzarme de mi apariencia desde muy temprana edad. Para alimentar la telenovela,  era aún pequeña cuando un medicamento truncó el desarrollo natural de mi dentición. Luego, aprendí por defensa y reflejo a sonreír con la boca cerrada, a evitar tener que manifestar mi agrado. Mi ceño fruncido reemplazó toda posibilidad de la mueca sonreída o el estruendo melódico de la sintonía y el encanto de la risa sincera.
Recuerdo el desarrollo desigual de mis dientes, mi imposibilidad de posar ante la cámara. Aún le temo a los flashes, a las fotografías para carnets. Yo conocí temprano lo que era ser infeliz y nadie tomaba en serio mi tragedia.


Tenía cuatro años y podía certificar que la vida no era tan grata. Candy, Marco y Heidi sufrían, pero aquello no era comparable con mi reflejo mudo.

Un día, cerca de mi cumpleaños número siete, resbalé al pisar una de mis revistas. A ver. Era una lectora furibunda anclada en mi timidez y los libros me rodeaban indiscriminada y permanentemente.
Me levanté con entusiasmo y pisé la revista que recién abandonaba mis manos. Tracé una elipsis verbal absurdísima y me estrellé contra el suelo. Me partí la nariz en cuatro partes y sangré internamente, hasta el punto en que, luego de que los médicos me observaran detenidamente, me llevaron a una sala aparte  y me preguntaron una, dos,  y mil veces si mi mamá, una mujer amable y dulce hasta el absurdo, me había pegado con "algo" en la cara.
Recuerdo llorar en silencio bajo un minúsculo pañuelo de Hello Kitty que mi mamá insistía en que mantuviera en alto mientras miraba por la ventana de la camionetica que nos devolvía a casa, tras una jornada de palabras incomprensibles que nos dibujaban el rostro.
Todavía mi mamá insiste en que yo era una niña preciosa. A veces me susurra mientras acaricia los rulos que siempre tienden al rojo quemado, las pecas, mis mejillas. Qué lástima, mi manzanita. Eras bella. No sé qué te pasó.

Mueve ese culo
La naturaleza siempre sigue su curso. Aprendí a reírme bajo la protección de mis manos estilizadas forradas en anillos. El humor negro corona mi anatomía desde que tengo memoria.
Las venezolanas ostentamos, por cierto, senos pequeños, caderas anchas y culos que harían palidecer a J-Lo.
Los pantalones que pasan por nuestras caderas relucen flojos a nivel de la cintura; mientras los que atienden a ceñir el torso difícilmente podrían remontar la sinuosidad de nuestras curvas. Somos coquetas hasta el absurdo y distintas, variopintas o uniformadas. Nos vestimos de invierno bajo 31 grados o bailamos al son de faldas diminutas de la temporada. Somos cuidadosas hasta el punto de gastar todo el sueldo en velar por las uñas y no lo pensamos dos veces antes de soslayar  la vida en la peluquería.
Basta con ojear cualquier calle de Venezuela para evidenciar que las venezolanas salimos desde bien temprano bañadas, perfumadas y bien combinadas a trabajar, estudiar y luchar. Movemos siempre el culo, criamos solas o acompañadas, bregamos más turnos de los que quisiéramos y luego nos encargamos de la casa. Todo en uno. 3M. 4x4. A la N potencia. Cuatriboleadas sin bolas y  con muchos ovarios.


 ¿Yo? Resuelvo, trabajo, crío, coordino, evado y vuelvo a empezar. En mi caso no es distinto. Mis niños van conmigo hasta el final del inicio. Me desvivo por ellos y son mi razón para seguir. Mi motivación es mi desespero. Mi desvelo es mi motivación. Me levanto temprano, tuiteo, sigo, río, me desespero. Vivo. Canto.

 ¿A qué venezolana no le agradecen diaria y públicamente el vaivén de sus caderas? A mí la telenovela me la cuentan completa: me han endilgado de todo. Historias, anécdotas, culpas, nacionalidades desternillantes y parecidos absurdos con primas, hermanas, amigas y amores irresolutos. Creo entonces que a muchas mujeres de este país  se les partió la nariz y se  les torcieron los dientes desde bien temprano.


Leer en la camioneta
Un día, sin mayores sobresaltos, me tocó montarme en una camioneta que desaceleraba sin detenerse frente al Unicentro El Marqués con la intención de ir a una reunión de Unicef en Parque Cristal. El equilibrio que precede la intención de levantarse a sugerir la parada pasa por sortear hombros, caderas, obstáculos y ondulaciones hasta anunciar con voz altisonante el deseo de abandonar el vehículo en la próxima parada.
No pude abrir la boca. Mis labios se habían sellado. Caminé y me ubiqué en la puerta del colectivo y aprovechando la presencia de otros pasajeros con el mismo destino, me bajé. Me senté temblando en un banquito frente al Parque Cristal. Traté de abrir la boca y tras un sonido doloroso de quebrar de huesos, logré decirme algunas palabras, con pausa, bajito... pero que no me calmaron ni un poco.

Dientes derechos

Durante mucho tiempo jugué a borrarme como entidad y así hubiera seguido si no hubiese tenido que enfrentar uno de mis peores miedos. Tras cuatro años de citas postergadas, control férreo de la mordida, interminables juegos de cepillos dentales y adminículos para llevar; ligas, apretones, dolor y mucha sensibilidad, estrené hace tres semanas una sonrisa sin obstáculos. Aún tengo la mordida ladeada, debo utilizar un aparato correctivo que buscará elevar el peso de mis molares, abrir la llave de oclusión, jugar a la simetría de la mordida. Sigo sin reconocerme.

Río. Sonora, impacable, altisonante, seguida y frecuentemente. Mi amargura se diluye ante la vida; bien sean los frecuentes hallazgos en Internet, en mis lecturas y en las conversaciones que sostengo invariablemente, incluso en clave de monólogo. Aún me cuesta sonreír en las fotografías. Pero lo hago, siempre. Me doy mi tiempo.

Aprendí con terror cómo en Venezuela cualquiera puede embaucarte con el tema de corrección ortodóncica. Vi miles de sonrisas articuladas sobre piezas incrustadas con pega loca sobre el esmalte, por mencionar lo más frecuente. Menos mal que éste no fue mi caso. En Venezuela los aparatos con liguitas de colores son símbolo de estatus. Yo, una vieja con aparatos, nunca fui una excentricidad: era sólo una variante del juego colectivo.
En mi caso aposté por el juego metálico de cajas sin ligas, sin colores ni estridencias.

Colecciono  chistes y comentarios absolutamente bizarros que pudieran hacer sonrojar a cualquier mujer decente. Pero yo era una mujer con aparatos en los dientes.
Descubrí naturalezas humanas pululando en imágenes sugeridas que me resultaron reveladoras.

El mundo puede ser un juego especular
a partir de la verbalización de nuestros defectos.